miércoles, 7 de julio de 2010

Sobre la libertad (John Stuart Mill)

1. Planteo histórico de la cuestión.

¿Qué se entendía por libertad antes que él desarrollara su tratado? Stuart Mill desarrolla primero el contexto histórico de la noción de libertad, considerada desde el punto de vista civil –no antropológico- en relación con los límites del Estado para intervenir en las acciones realizadas por los hombres.
“Por libertad, quería significarse la protección en contra de la tiranía de los gobernantes. Los dirigentes (rulers) eran concebidos (excepto en algunos gobiernos populares de Grecia) como en una posición necesariamente antagónica a las personas que ellos gobernaban. Ellos consistieron en el gobierno de Uno, o en una tribu gobernante o en una casta, que derivaban su autoridad por herencia o conquista, los cuales, en todos los eventos, no lo mantenían para el gusto (pleasure) de los gobernados, y cuyos hombres superiores no se atrevían, tal vez no deseaban, impugnar, cualesquiera precauciones se tomaran contra su opresivo ejercicio. El poder de ellos era considerado como necesario, pero también como altamente peligroso; como un arma con la cual ellos intentarían usar contra sus súbditos, no menos que contra enemigos externos”[1].
Tenemos una clara oposición entre los gobernantes y los súbditos, los primeros gobernaban para aumentar sus riquezas y poder y nadie les podía decir nada; los otros querían no ser oprimidos por el gobernante y a esa oposición a la opresión es lo que llamaban libertad. La razón de la formación de los gobiernos era la protección de los individuos de hacerse daño unos a otros, porque existía la posibilidad de que los más débiles fueran presa de los buitres, como Mill llama a los ciudadanos más voraces y ambiciosos de poder y riquezas. El gobernante, por medio del temor al castigo, mantenía a todos dominados y así no había injusticias.
Pero había que ponerle límites al poder político para que no fuera él el que se convirtiera en buitre y se aprovechara de las personas que gobernaba. A estos límites, nuevamente, Mill afirma que se llamaba libertad. El modo de implementarlos fue doble: por un lado, se dictaron libertades políticas, o también llamados derechos civiles, que la autoridad debía respetar. Pero si no respetaba, entonces esos derechos civiles ponían de manifiesto su incumplimiento de contrato y el pueblo podía justificadamente rebelarse.
Por otro lado, se establecieron controles constitucionales, realizado ya por el pueblo, ya por una parte de él que lo representaba, sobre los actos de gobierno, con el fin de proteger los derechos civiles del pueblo. Con esta segunda idea surgió el deseo del gobierno representativo, en cuanto que los que ejercían el poder debían ser los delegados del pueblo; de esta manera se evitaría el abuso del poder, porque ya no se opondrían los deseos del pueblo y las decisiones del gobierno, como si fueran dos realidades antagónicas, irreconciliables entre sí, sino como una proviniendo de la otra, como su representante. Este se convirtió en el objetivo de los partidos populares y superó las expectativas de las otras dos formas de limitar el poder.
También empezó a surgir la conciencia de que esta lucha por limitar el poder había apartado al pueblo en su lucha por obtener un gobierno popular, es decir, representativo, porque no podía ser que el pueblo tuviera que cuidarse del poder del mismo gobierno que los dirigía, como si ellos fueran tan enemigos como los extranjeros. El gobierno debía estar dirigido al bien de la nación y no al revés, porque se esclavizaba al pueblo en pos de los intereses de los gobernantes.
Así el sistema político democrático se extendió por gran parte de la Tierra, especialmente después de la Revolución Francesa. También aquí surgía el problema de la tiranía de la masa, porque, si bien las decisiones son democráticas, muchas veces no hay unanimidad en el pueblo y una decisión de la mayoría puede oprimir al resto. Por eso, es necesario cuidarse no sólo de que el gobierno se vuelva tiránico, sino de que el pueblo, en sus decisiones, oprima a una minoría. El problema es que la sociedad puede ejercer una tiranía peor que la del gobierno, porque no sólo actúa por medio del poder político, presionando a que se acepten ciertas decisiones, sino también por sus propios medios, que es peor, porque no hay control de ello.
Asimismo, Mill dice que se debe prevenir no sólo la tiranía proveniente del gobierno, sino también la que proviene de la mayoría del pueblo, que subyuga a quienes piensan distinto; también se debe prevenir las ideas que impulsan esa clase de esclavitud, ya sea en la conducta, ya sea en las ideas, como también se debe prevenir la posibilidad de que una persona se apasione por una idea y que quiera imponérsela a los demás, al mejor estilo de una ideología.
Igualmente, el modo de evitar esos peligros es por medio de la imposición de ciertas conductas por parte de la ley y también por parte de la opinión pública.
También Mill considera que el ser humano no puede tratar al otro como a uno, porque es egoísta: si el criterio es uno mismo, no es universal y siempre va a actuar según aquello que le agrade, según el modo en que quiere que lo traten, pero nunca deja de pensar en sí mismo cuando trata con el otro. Por eso, en base a sus intereses, piden al Estado que actúe de tal forma o de otra, para evitar un daño o alcanzar un beneficio. Pero esta forma de actuar de las personas no es considerada correcta por Mill, porque el principio que protege a todos los ciudadanos de los demás es la autoconservación.
La única razón por la que se puede actuar en contra de las decisiones individuales de una persona es cuando ella afecta -de algún modo- perjudicialmente a los otros. Pero si no se da el caso, nadie puede obligarlo a tomar una decisión forzada, por más que sea la correcta, la más sabia, la mejor para él o la que lo hará más feliz. Entonces, en la medida en que sus acciones no afectan a los demás, cada hombre, en sus acciones privadas, es dueño absoluto. Ciertamente, estas ideas se aplican a los hombres cuando ya son capaces de pensar y de actuar por sí mismos, no a los niños que dependen aún de sus padres; los niños deben ser protegidos contra las acciones que ellos mismos pueden realizar contra sí mismos, contra otros y otros contra ellos.
De esto también se deduce, por otro lado, que la libertad, como principio de acciones en el ámbito de la sociedad, no se puede aplicar a los hombres antes de ser mejorados por el establecimiento de la discusión libre e igualitaria de los asuntos humanos.
Este argumento se entiende mejor si se explica cuál es el criterio de John Stuart Mill para determinar el derecho: la utilidad. “Yo considero a la utilidad como el último llamado en todas las cuestiones éticas; pero debe ser la utilidad en el más amplio (largest) sentido, fundado en los permanentes intereses del hombre como un ser en progreso. Esos intereses, sostengo, autoriza la sujeción de la espontaneidad individual a un poder externo, sólo respecto a aquellas acciones de cada uno, las cuales conciernen al interés de otras personas. Si alguno hace un acto dañino a otros, hay en un primer aspecto (facie, de facies; latín) un caso para castigarlo, por general desaprobación”[2].
Sólo en la medida en que la acción de un ciudadano afecta a otro de modo perjudicial, puede intervenir el Estado para castigarlo; pero si eso no sucede, quien limite la acción de otro, lo perjudicaría sin razón fundada; por ello se haría merecedor de castigo, el cual sería apoyado por la generalidad de los hombres, basados en el mismo principio de protección de la individualidad.
Además, cada hombre no sólo es responsable por las acciones que realiza y que pueden ser perjudiciales para la sociedad, sino también por aquellas que no realiza y cuyas consecuencias son perjudiciales para alguno de los ciudadanos, como salvar la vida del prójimo o proteger al indefenso.
Pero hay acciones individuales que afectan a los demás y aún así son privadas. Entonces, se tendrá en cuenta la secuencia: no aquellas acciones que sólo lo afectan a uno, sino aquellas que empiezan a dirigirse a los demás, o que pueden dañarlo de modo indirecto. Fuera del daño que pueda provocar, la libertad individual se extiende y entiende según tres puntos:
a) Abarca la libertad de conciencia, de pensamiento, de sentimiento y de opinión, en todo ámbito (especulativo, práctico, científico, moral o teológico).
b) También consiste en decidir nuestros gustos y metas, trazar el proyecto para formar nuestra personalidad y soportar sus consecuencias, siempre que no afecte a los demás.
c) Incluye la libertad de asociación, en la medida en que no afecte a los demás, ni en la medida en que vaya acompañada de engaño o de violencia.
Ninguna sociedad puede llamarse libre sin estas tres clases de libertad individual, la cual es entendida como la que busca el bien del individuo sin daño colateral. En este sentido, cada uno es el guardia de su propio bien: nadie puede obligarlo a uno a hacer lo que no desea y que lo perjudica.
De todas estas libertades, Mill se dedicará en su tratado sobre la libertad al que se refiere al pensamiento, que incluye la libertad de expresión y de redacción.
2. Sobre la libertad de pensamiento y discusión.
La libertad de prensa, para Mill, ya no necesita ser defendida contra un poder tiránico, como debía serlo antes, en el paso de las monarquías a las democracias.
El gobierno, de todos modos, va a tender a dominar la libertad de prensa para que la favorezca, al menos, no lo perjudique. Pero, aún considerando que el gobierno fuera uno con el pueblo, no sería justificable que la opinión pública silenciara la voz del gobernante por imponer la suya propia, como tampoco es lícito silenciar la del pueblo por seguir el mandato del gobernante. Aquellos que se callan y adhieren -aunque no estén de acuerdo- a la opinión pública, le están robando algo al pueblo: la posibilidad de confrontar sus ideas con las que sostiene la generalidad, porque si es verdad lo que dicen, los que disienten pueden estar en el error, pero pueden aportar una nueva visión al tema; si la opinión pública se equivoca, entonces la minoría –o los que se callan- pueden corregirla.
Por otro lado, Mill defiende el relativismo en todos sus sentidos para sostener la libertad de expresión en todos sus matices, porque “nosotros nunca podemos estar seguros de que la opinión que intentamos ahogar es una falsa opinión; y si estuviéramos seguros, ahogarla sería un malvado robo”[3]. Nadie tiene la autoridad, continúa diciendo, de silenciar a otro por creer que tiene la certeza absoluta, si la tuviera, sería infalible, es decir, no se equivocaría nunca. Además, podría estar callando una opinión verdadera, que debe ser oída. Nadie tiene la autoridad de callar a otro o de quitarle los medios para juzgar. También es evidente para Mill que todos –o la mayoría- sabe que es falible, que se puede equivocar.
Tampoco puede recurrirse a épocas anteriores, como si la verdad se encontrara en seguir los pasos de los antepasados, porque “todavía esto es tan evidente en sí mismo (...), que las épocas (ages) no son más infalibles que los individuos; cada época ha sostenido muchas opiniones de las cuales las épocas subsiguientes han considerado no sólo falsas sino absurdas; y es tan cierto que muchas opiniones, ahora generales, serán rechazadas por las futuras épocas, como lo es que muchas, [que] una vez [fueron] generales, son rechazadas por el presente”[4]. Explícitamente, Mill rechaza aquí la tradición como continuidad en un camino de discernimiento de la verdad. Su postura, como se verá más adelante y algo ya se dijo antes, responde al utilitarismo. Por eso, con el tiempo cambia lo que es útil para una época. La verdad –utilitaria- se juzga desde la época en la que se vive.
Sin embargo, si nunca nos guiáramos por nuestras opiniones por considerarlas que son falsas, descuidaríamos nuestros asuntos e intereses y también nuestros deberes quedarían siempre sin hacer. Además, es deber de la autoridad pública y de los ciudadanos buscar la opinión que más se acerque a la verdad y nunca imponerla a otros a menos que se esté muy seguro de encontrarse en ella. Sería cobardía, dice Mill, no actuar en base a nuestras opiniones y dejar que otras, que consideramos falsas o dañinas, nos dirijan.
Igualmente, no existe certeza absoluta, pero sí la seguridad que es necesaria para guiar los proyectos de los hombres en sus respectivas vidas. Es necesario que los hombres se guíen por lo que creen, aceptando sus opiniones como verdaderas, inclusive en el rechazo de las opiniones que podrían ser un peligro para la sociedad. Esto no es una presunción, la cual no permite que se refute su postura acerca de la verdad, sino que la verdad que se sostiene no ha podido ser refutada, ha resistido todas las objeciones. Esta es la que brinda la seguridad de encontrarse en la verdad, sostiene Mill. La experiencia es la que confirma o no lo que uno dice, pero es por medio de la discusión que uno se da cuenta de su error.
El que ciertamente se encuentra en la verdad tiene una mente abierta a la discusión, ha oído todas las opiniones a favor y en contra de lo que afirma él mismo; también ha escuchado las diferentes maneras de mirar su propio asunto. El modo de comprobar que estamos en la verdad es la de entrar en diálogo con los demás para que presenten objeciones y, si es verdad lo que sostenemos, saldremos airosos de todas ellas; pero, dice Mill, estamos lejos de tener la verdad en todos los asuntos, aunque estamos abiertos a corregir nuestra posición si el futuro nos demuestra que estamos equivocados. Este es el camino para discernir lo verdadero de lo falso.
La confrontación de una opinión que se tiene por verdadera con otra que es la objeción presentada por una persona, evita que se formen jueces de la verdad, quienes deciden callar a ciertas personas y no les permiten hacer oír sus opiniones, ya sea a favor, ya en contra, de lo que se sostiene como verdadero. Por eso mismo, este modo de proceder es útil y debe ser conservado contra los que se sostienen como infalibles y no permiten que otros expresen su opinión o ni siquiera los escuchan. También la veracidad de una opinión constituye una parte de la utilidad de la misma.
La pretensión de infabilidad consiste, para Mill, en la intención de no oír o de callar a aquel que contraría la opinión de uno, sin dejarle decir lo que piensa al respecto. Respecto a quienes sostienen esta posición, afirma que “no puede haber una discusión justa sobre la pregunta de la utilidad, cuando un argumento tan vital puede ser usado por una parte, pero no por otra. Y de hecho, cuando la ley o el sentir popular no permite que la verdad de una opinión sea discutida, ellos son menos poco tolerantes de la negación de su utilidad. Lo máximo que permiten es una atenuación de su absoluta necesidad, o de su positiva culpa de rechazarla”[5].
La utilidad de una opinión es, para Mill, tan discutible como la opinión misma, pero si no se la puede discutir, no se puede evaluar su utilidad. La discusión es necesaria para lograr ese objetivo; en este sentido, no es cierto que la verdad se impone por sí misma, dice Mill, porque han prevalecido en la historia las persecuciones, a excepción de los lugares en los que los que sostenían algo que no concordaba con el resto eran fuertes para resistir el rechazo.
Los hombres, por otro lado, se inclinan tanto a defender la verdad como el error, cuando no conocen que es tal, pero la diferencia entre verdad y error es que la primera, a pesar de ser rechazada muchas veces, perdura en el tiempo -es redescubierta muchas veces- hasta que llega el momento en que los ataques que recibe los resiste con mayor facilidad.
Asimismo, “no puede ser un gran pensador el que no reconoce, que como pensador es su primer deber seguir su intelecto a cualquiera conclusiones que lo lleve. La verdad obtiene más incluso por los errores de uno quien, con el debido estudio y preparación, piensa por él mismo, que por las verdaderas opiniones de aquellos quienes sólo las sostienen porque ellos no soportan pensar por ellos mismos”[6]. Aquí se valora, nuevamente, la libertad de pensamiento por encima de las opiniones –que pueden ser verdaderas- provenientes de otras personas, por favorecer más al sujeto que a lo que se piensa, la independencia que la verdad en cuanto tal. También aquí hay una tendencia al relativismo, porque no se niega la verdad, pero se pone el acento en el sujeto.
De todos modos, en la matemática la evidencia es tal que no necesita ni de objeciones ni de respuestas a otras posturas; “pero en cada asunto en el cual la diferencia de opinión es posible, la verdad depende del balance a ser encontrado entre dos series de razones en conflicto. (...) y debe ser mostrado por qué la otra teoría no puede ser la verdadera: y hasta que esto no sea mostrado, y hasta que conozcamos cómo es mostrado, no entenderemos los fundamentos de nuestra opinión”[7]. Siempre la verdad depende, en cuanto hay posibilidad de mirarla desde otro punto de vista, de una confrontación con lo otro. En la medida en que esto no sucede, no podemos encontrar el fundamento de nuestras opiniones, que sostenemos como verdaderas. Esto mismo es lo que hacía el retórico, que estudiaba más los argumentos del contrario que los propios, para encontrarle la debilidad, porque les saca a la luz las apariencias que la hacen verdadera y distinta a la sostenida por uno. En esto consiste toda discusión, según Mill.
Si no realiza este ejercicio mental, le quedan dos posibilidades: o acepta las opiniones verdaderas por autoridad o sigue aquellas que más le agradan, como lo hace todo el mundo, pero sin afirmarse en ningún fundamento, rodeándose de personas que piensen igual que él. Una tercera posibilidad sería que no emita juicio alguno, lo cual es imposible.
Visto desde otro ángulo, en la medida en que la discusión cesa, las opiniones se arraigan cada vez más, algo que es saludable si ellas son verdaderas; dañino, si son erróneas. Es más, el bienestar del hombre puede medirse por las verdades que han llegado al punto en que rechazarlas es un absurdo, por su evidencia irrefutable.
Pero este no es todo el asunto sobre la verdad o falsedad de las opiniones, porque puedes ser que parte de lo que diga el contrario sea verdadero, pero no todo; por eso, “(...) aún cuando se apoye en un verdadero fundamento, cada opinión que exprese algo de una parte de la verdad, que la opinión común omite, debe ser considerada preciosa, con cualquier cantidad de error y confusión que la verdad esté mezclada”[8]. Aún aquello de verdad que dice alguien, por más que esté mezclado con error, debe ser rescatado y valorado, porque de esa manera se crece en el conocimiento de la verdad. Además, esta actitud respeta la libertad de expresión. Se perdería algo valioso si se los hiciera callar por encontrar en ellos algo que sea erróneo. Por eso, la diversidad de opiniones es necesaria, dado el estado del hombre actual, que necesita confrontar con otros lo que piensa para encontrar la verdad. A partir de aquí se rechaza, como antes vimos, la pretensión de que alguien tenga la verdad absoluta sobre un tema.
Finalmente, John Stuart Mill deduce ciertos principios prácticos a partir de todo lo que ha desarrollado anteriormente:
a) Cuando una opinión es silenciada, ella puede ser que sea verdadera.
b) Cuando una opinión es silenciada por ser errónea, puede ser que tenga una parte de verdad. Pero como las personas no pueden tener la verdad absoluta, sólo por confrontación pueden entender la parte de verdad que afirman y la parte de verdad que tiene esa opinión que rechazan, por estar mezclada con error.
c) Aún cuando la verdad recibida sea la verdad absoluta, si no se la piensa, nunca se conocerán sus fundamentos y se convertirá en un prejuicio contra toda otra opinión que la contradiga.
d) Si no se la piensa y se la acepta como tal por ser dicho por otro, la opinión corre el riesgo de perder su propio valor y de ser directiva de la persona, porque nadie quiere ser esclavo de lo que otro dice, sino actuar por lo que a uno le parece.
Pero es muy importante el modo en que se dice las cosas, ya que si uno se sostiene una opinión verdadera, pero de mal modo, no hará más que su oponente rechace la opinión por el modo en que fue dicho, más que por la verdad de la opinión sostenida. Además, esta actitud cierra a los hombres al diálogo e intercambio de opiniones.
3. Sobre la individualidad, como uno de los elementos del bienestar.
Las opiniones son libres de ser expresadas y todos tienen la libertad de ponerlas en práctica sin ninguna clase de obstáculo, siempre que asuma las consecuencias de sus propios actos. Pero hay una diferencia fundamental entre las opiniones y las acciones que de ellas se siguen, porque “ninguno pretende que las acciones sean tan libres como las opiniones. Al contrario, incluso las opiniones pierden su inmunidad, cuando las circunstancias en las cuales son expresadas son tales como para constituir su expresión una positiva instigación a un acto travieso (mischievous)”[9].
Las opiniones son libres de ser expresadas mientras que ellas no lleven daño implícita o explícitamente en cuanto a una acción que promuevan. Si se llega a tal caso, entonces se prohibe tal opinión. En los asuntos en que las acciones hacen algún daño a los demás, los hombres pueden oponerse. Pero cuando las acciones no hacen daño alguno, sino que se desarrolla en el ámbito privado, debe permitirse bajo riesgo de la propia persona que las realiza. El límite de las opiniones, entonces, está dado por las acciones que producen: si son indiferentes, se las debe permitir, pero si las acciones que promueve son dañinas, se las debe impedir.
Los mismos principios que se aplicaban a las opiniones se dirigen a las acciones: “que el género humano no es infalible; que sus opiniones, en la mayor parte, son sólo verdades a medias; que la unión de la opinión, a menos que resulte de la más completa y la más libre comparación de opiniones opuestas, no es deseable, y la diversidad no [es] mala, sino buena, hasta que el género humano sea mucho más capaz que el presente de reconocer todos los lados de la verdad (...)”[10]. Veamos esto en un cuadro:
· La humanidad no es infalible.
· La diversidad es deseable.
· La verdad tiene muchos lados, cada uno tiene una parte de la verdad, no toda.
· La unión de la opinión sólo puede ser posible cuando se las compara completamente con otras, si no es así se la debe evitar para que no genere la tiranía de la masa.
· A estos principios agrega otro que es: las distintas formas de vida –pensadas- deben ser experimentadas, siempre que alguien esté dispuesto a ello.
La libertad, por otro lado, combinada con la diversidad de circunstancias da origen a la originalidad propia de un individuo. No se debe obligar a las personas a vivir como si nada hubiera pasado, pero lo que se recibe es interpretado por cada uno a su manera. Depende de cada uno saber qué parte de lo que recibe se puede aplicar a sí mismo y a su forma de ser. La experiencia de otros puede no ser ajustable a la propia forma de ser. Además, la experiencia de otros puede ser que no sea verdadera.
Aún cuando la costumbre y la experiencia de otros sea ajustable, el imitarlas no desarrollaría las facultades de los hombres, porque estas se ejercitan por medio de la toma de decisiones y, quien se guía por la costumbre, no toma ninguna decisión. Visto de otro modo, las facultades se ejercitan realizando acciones, como sucede con los músculos, pero por aceptar lo que otros dicen y hacen uno no se ejercita.
En concreto, lo que Mill está defendiendo es la capacidad de cada uno de tomar la iniciativa en su plan de vida. Quien así actúa, ejercita sus propias facultades en totalidad, porque debe discernir, juzgar, observar, decidir y tomar el control sobre las acciones que realiza. Se trata de seguir el propio gusto.
El hombre, dice Mill, no debe ser educado en serie, como si fuera una máquina, sino semejante al crecimiento de un árbol que se desarrolla y crece según sus propias características. También nuestros deseos e impulsos deben pertenecernos, pero los impulsos son peligrosos cuando no están correctamente balanceados, cuando no están controlados por la propia conciencia. Impulso es lo mismo que energía y ésta puede ser bien o mal utilizada. La energía de la naturaleza puede producir mucho más bien que la que utiliza el mismo hombre; por eso, para parecerse a la energía de la naturaleza hay que cultivar sentimientos fuertes. Esta es la fuente desde la que es posible auto-controlarse y dirigirse con amor apasionado a la virtud. De esta manera, la sociedad cumple sus deberes y cuida de lo que le interesa.
Asimismo, cuando una persona es dueña de sus propios deseos e impulsos, se afirma de ella que tiene carácter. En el caso contrario, no se afirma que lo tenga, como tampoco lo tiene un motor a vapor. Si, además, se agrega fuerza, estamos en presencia de un carácter fuerte.
Hubo un tiempo, cuenta Mill, en el que la individualidad era muy valorada y entonces el problema que surgía era que los hombres obedecieran a las leyes que requerían que controlaran sus propios impulsos. En este camino se inventaron leyes para poder someter su forma de ser. Pero las circunstancias de la sociedad han cambiado y la individualidad, que antes se valoraba en exceso, ahora parece ser un defecto. La costumbre ha inundado todas las acciones de los hombres, incluso los gustos, porque se disfrutan en multitud.
Respecto a las opiniones, la sociedad, dice Mill, sigue la corriente de la costumbre y no ejercitan su propia capacidad, no crecen por sí mismos. Esta es la postura calvinista, que afirma que la propia voluntad atenta contra el hombre; todo lo que éste puede hacer es obedecer, entonces, lo que no es deber, es pecado. Los calvinistas creen que se debe obedecer a la autoridad de Dios y no hacer uso de las propias facultades, por no contrariarlo a él, con sólo obrar fuera de su mandato.
Mill critica esta postura afirmando que uno es más valioso para sí mismo –y para los demás- según el grado de importancia de la propia individualidad. En la medida en que se coarta la individualidad para prevenir que unos violen los derechos de otros, también se limita el desarrollo que se puede alcanzar por medio de esa individualidad y que llegue a otros. También no surge nada valioso de esa restricción, a no ser el carácter fuerte que se opone a esa restricción. Para que esa restricción no tenga efecto se debe permitir que diferentes personas vivan de modo diferente.
Por otro lado, el despotismo no adquiere toda su fuerza si no aplasta totalmente la individualidad, pero el hecho de hacerlo reafirma su despotismo, sin importar que sea que lo haga en nombre de Dios o por mandamiento judicial.
Igualmente, son pocas las personas que hacen avanzar al género humano, pero ellas son las que muestran que las verdades que se consideraban tales hasta el momento no lo son y además descubren nuevas verdades y cosas no vistas antes, también mantienen la vida en aquellos que ya existen. Usando una palabra evangélica, dice que son la sal de la tierra, porque sin ellos la humanidad sería como un charco estancado (staignant pool). Estas personas que se destacan por encima de las demás son los genios, que tienen mayor desarrollada la individualidad, pero tienen menos fuerza para oponerse a los cambios que la sociedad introduce para moldear el carácter de las personas. Si opusieran u carácter fuerte, la sociedad los señalaría como lo errado, lo que no sigue la regla de lo común y el modelo a evitar. La sociedad, dice Mill, necesita de los genios para desarrollarse y debe permitírseles que no sigan las reglas de la sociedad tanto en el pensamiento como en la acción. Para ello se necesita originalidad, es decir es un individuo concreto el que descubre algo nuevo, el que comienza algo nuevo y útil para todos los demás.
Pero en la época de Mill, según él, el hombre se encuentra masificado; la individualidad, perdida en el todo. La opinión pública tiene el control sobre el gobierno del mundo. Los gobiernos tienen poder en la medida en que reflejan los deseos de las masas. Ellas hablan por medio de hombres que los representan y que dicen lo que les viene a la mente en el momento, publicado después en los periódicos. Muchos son guiados por lo que otros dicen, pero la nobleza, dice Mill, viene por medio de la individualidad, la cual es propia de todo hombre maduro que sabe tomar la iniciativa. Sin embargo, para la masa actuar de forma distinta a lo acostumbrado es una forma de obrar incorrectamente. También puede llegar a ser tratado como lunático, ser despojado de sus propiedades y entregadas a sus familiares.
Cuanto más se incentiva el poder de la masa, más se ve como algo peligroso la individualidad, cuando en realidad es ella la solución al poder opresor de la masa y la fuente del desarrollo. La masa crece en proporción inversa a la libertad y desarrollo de los individuos que la componen. Es en la oposición de la individualidad como se sale de la tiranía de la mayoría, que impone opiniones y acciones a todos por igual. Si las personas tuvieran solamente diferencias en los gustos, entonces sería suficiente razón para no imponerles a todos lo mismo; pero las personas son diferentes en carácter y por eso requieren desarrollos espirituales distintos. Las cosas que a algunos los ayudan a crecer en un punto, a otras las entorpecen en el mismo objetivo.
La opinión pública, sostiene Mill, ha moldeado a los hombres de tal manera que ellos no tienen gustos que los hagan sobresalir y miran como extraño al que así se comporta. Convierte al carácter humano en algo moldeable, nada fuerte y definido, nada que sobresalga del resto, como sucede con los pies de las mujeres chinas que deben acomodarse al molde del zapato que la moda les impone. Se crean así personas con sentimientos, energías, voluntad y razón débiles. Cuando estos tienen tiempo libre, lo utilizan para buscar un hobby, pero el país no avanza por ellos y se desperdicia el tiempo para dedicarlo al progreso.
La costumbre es un obstáculo permanente para el progreso. No permite pensar en nada mejor que la misma costumbre y no permite el espíritu de la libertad, o también llamado progreso. Pero a veces el espíritu de libertad se opone al progreso; eso sucede cuando el progreso anula la individualidad; la fuente del verdadero progreso para Mill es la libertad, que está aliada a la individualidad. Por eso, el progreso debe ser tan variado como individuos hay en una sociedad.
Asimismo, la costumbre hace que los pueblos no tengan historia –en sentido de progreso- y que la justicia y el derecho sean entendidos conforme a ella. Sólo un tirano, excitado por el poder podría contradecirla. En la medida en que una persona pierde su individualidad, deja de progresar y de buscar algo mejor. El cambio debe realizarse por el propósito del cambio mismo, no llevado por la conveniencia o la belleza, las cuales no pueden generar un cambio en el mundo entero.
Europa, por otro lado, debe su progreso a la variedad de caracteres que poseen sus habitantes, lo cual hizo que intentaran distintos –y valiosos- caminos en búsqueda del progreso. Pero esta variedad, para Mill, está disminuyendo. Los hombres buscan lo mismo, no hay demasiadas diferencias y entonces no hay posibilidad de progreso, entendido como parte de la originalidad del sujeto individual: mismos libros, lugares, derechos, libertades, gustos y temores.

Mill propone ciertos cambios en la sociedad para evitar la uniformidad del pueblo: mostrar la bondad de las diferencias entre los hombres, aunque sea mal visto y no sea aceptado por todos. Pero esto debe hacerse con rapidez, porque pasado cierto tiempo, la uniformidad crece entre la población y empieza a verse como inmoral la búsqueda de la diferenciación de los individuos respecto a la masa y la opinión pública.
4. Sobre los límites a la autoridad de la sociedad sobre el individuo.
Mill empieza por preguntarse cuál es el límite de la autonomía del individuo sobre su persona, sin que tenga que intervenir el gobierno de la sociedad; también cómo se determina el comienzo de la autoridad y qué corresponde a cada parte. Parece Mill poner el acento en una discusión de cantidades, porque su respuesta es que la parte que interesa al individuo, le pertenece a éste; la parte interesa a la sociedad, a ésta.
Cuando una persona, por otra parte, vive en la sociedad y ésta le provee protección, cada uno se encuentra en deuda respecto a los demás. Por eso, todo hombre que viva en una sociedad debe estar obligado a seguir cierto comportamiento, que Mill describe con dos características:
a) Todo hombre debe respetar los derechos de los demás. Por derechos se entienden los intereses que cada uno tiene, ya sea que ellos son marcados por la ley o que todos los entienden por tales.
b) Cada uno debe asumir la parte que le corresponde en la defensa de la sociedad y de sus miembros.
La sociedad tiene la autoridad y el poder de intervenir en los asuntos privados de los hombres cuando los intereses de los otros se ven afectados por las acciones de uno. Pero cuando esto no sucede, es decir, cuando las acciones de un individuo no afectan a nadie más que al mismo que la realizó, no puede la sociedad intervenir en la vida privada de los hombres ni tiene autoridad para hacerlo.
Para promover el bien de los demás es necesario emplear un esfuerzo desinteresado. Pero nadie puede decirle a otro –al punto de forzarlo- lo que es mejor para él, ni obligarlo a hacer lo que no quiere si eso no concierne a la sociedad. La individualidad, mientras no afecte a los otros, encuentra siempre espacio para obrar. Todos los hombres deben seguir ciertas reglas en la sociedad para saber lo que pueden esperar de sus acciones en cuanto atañe a lo que interesa a la sociedad, pero en cuanto concierne a lo que es individual, aunque puedan darse consejos y exhortaciones sobre lo que se debe hacer, el último juez de lo que se debe hacer es el que realiza las acciones.
Asimismo, si una persona es destacada en las acciones que realiza, se la debe tomar como modelo de conducta, porque es el ideal de perfección de la naturaleza humana, según Mill. Pero si es deficiente en las acciones que realiza, en vez de admiración, surgirá el sentimiento de rechazo. Mientras no haga daño a nadie, se le puede advertir a esta persona sobre su conducta para que no afecte a los demás y para que cambie su conducta desagradable, mostrándole las consecuencias perniciosas que se siguen de su forma de actuar.
Por lo tanto, dice Mill, cada uno tiene el derecho de actuar según la opinión de sí mismo en contra de la opinión de otros, no para oprimirlos, sino para ejercer nuestro derecho de expresión individual. También tenemos el derecho de buscar una sociedad más acorde a nuestros intereses y de advertir a los demás de la conducta perniciosa que puede estar teniendo algún miembro de la sociedad. Cuando las acciones que una persona realiza preparan algún efecto pernicioso contra la sociedad, esa persona puede ser detenida o castigada por acciones que conciernen a su individualidad solamente, pero cuyos efectos puede perjudicar a la sociedad.
Además, si una persona es obstinada en su conducta a pesar de que es advertido por otros, puede esperar que los otros no tengan un buen concepto de él, quien no se puede quejar por dicho rechazo debido a la conducta que lleva, a menos que haya desarrollado una conducta excelente con los demás que supere lo que tiene de demérito respecto a los integrantes de la sociedad. De esta manera, tiene derecho a ser reconocido y correspondido por sus acciones.
Pero las acciones que -sea por realizarlas o por omitirlas- conducen a daño a los demás, merecen reprobación y castigo, al punto de llegar al aborrecimiento. Porque son inmorales tanto las acciones que se realizan en contra de otros, como las disposiciones que las impulsan. Hay que distinguir, de todos modos, las acciones reprobables que conciernen a los otros de las que interesan sólo al individuo, porque si bien en ambos casos es desagradable, sólo merece castigo y reprobación en el primer caso, no en el segundo. Cuando concierne sólo al individuo, puede tratarse de una búsqueda de respeto propio y reconocimiento por los demás, o de locura.
Igualmente, cuando el deber concierne a un individuo para su desarrollo y respeto propio, no puede ser contado como bueno para los demás, porque en nada afecta para bien –o para mal- a los demás. Cuando algo que realiza una persona desagrada a muchos, pero no los afecta en sus intereses, se puede expresar el desagrado, pero no se puede hacer de la vida de esa persona algo desagradable. Pero en lugar de castigarlo, se le debe mostrar cómo evitar los males que él mismo se trae a sí mismo por sus acciones. No se le debe considerar como enemigo, ni dejar de aconsejarlo sobre lo mejor para él. Pero cuando las acciones perniciosas se realizan, afectan a otros más que al individuo que las realiza, la sociedad, que es protectora de la individualidad, debe castigar al responsable de tal modo que reciba su merecido y debe ser severo para que no lo vuelva a hacer.
De todos modos, para juzgar la acción de una persona es necesario que ese juicio sea verdadero y, para esto, es necesario que pase cierto tiempo y se acumule experiencia en vistas a alcanzar un juicio recto, es decir, para que una verdad sea considerada como cierta. De este modo, se previene que los hombres del presente caigan en los mismos errores del pasado. Pero esto debe realizarse desde temprana edad, porque si los niños se desarrollan sin capacidad de actuar con racionalidad, la culpable es la sociedad que permitió que eso sucediera y ella es responsable por las consecuencias que se sigan.
Pero la interferencia de la sociedad con los asuntos de los individuos encuentra su límite en la protección de sus miembros respecto al daño que puede recibir cada uno respecto a los otros; en otros casos, no puede ni tiene autoridad de hacerlo y si actúa más allá de este principio es una usurpación ilegítima de poder, al punto que lo hace mal, en el lugar que no corresponde y contra lo que agrada a los individuos sin que afecten a los demás.
Al mismo tiempo, uno puede considerar pernicioso lo que le es desagradable, pero el problema es que esto lleva a condenar todo pensamiento o acción que sea contrario el pensar de uno mismo. También lleva a poner una regla por encima de todos como si fuera una ley natural en cada individuo que le ordena lo que debe hacer y lo que debe evitar. El gusto es propio de cada persona, como lo es su opnión.
Se podría imaginar un Estado que sólo pusiera límites a las personas por lo que afecta a los demás y dejar la acción individual librada al gusto de cada uno, pero Mill se pregunta quién le pone límite al Estado, quien determina lo que es bueno o malo para el resto, sino el mismo Estado. Entonces se establece una policía moral que controle las acciones de los individuos para que no violen los derechos de los otros. Ciertamente que es para Mill legítima esta propuesta. Esto se aplica, en tiempo de Mill, a las diferencias entre religiones. La religión, cualquiera sea, no puede ser impedida por otra ni por el Estado a menos que atente contra el bien de los demás. Así se evita la persecución de los hombres por practicar un credo distinto al que uno sostiene.
Pero si se pone el criterio de discernimiento en lo que uno piensa o le agrada, lo único que queda es sostener opiniones en secreto. El criterio, entonces, es la utilidad de todos por encima de la utilidad de cada individuo. Aquella pone límite a ésta.
5. Aplicaciones.
Hay dos principios por los que se debe discernir lo que pertenece a la sociedad -y que ella debe reclamar ante cualquier individuo- y lo que pertenece a los individuos y nadie puede interferir en ello. También estos principios ayudan a discernir los casos en los que parece dudosa cualquier acción. Estos principios son:
a) El individuo no es responsable ante la sociedad de aquellas cosas que solamente le conciernen a él y no a otras personas. Lo único que la sociedad puede hacer al respecto es aconsejarlo, instruirlo, persuadirlo o evitarlo, si lo cree conveniente para su bienestar o el de sus integrantes, frente a las acciones de un individuo de la sociedad.
b) El individuo, por otra parte, es responsable por las acciones que afectan los intereses de otros. Por esas acciones –no por otras- puede ser declarado culpable y sometido al castigo social o legal, en la medida en que la sociedad pueda considerarlo para su protección.
Los desencuentros entre los individuos por sus intereses se fundan en malas intituciones y duran lo que resisten esas instituciones; otras veces, esos choques se dan bajo cualquier clase de institución. La sociedad no puede intervenir más que cuando hay fraude, violencia o engaño en los tratos y relaciones comerciales entre los individuos. En los otros casos debe dejar que los hombres arreglen sus diferencias para encontrar el éxito de sus negocios.
La única forma de conseguir en el comercio los precios baratos y la buena calidad de los productos es dejar libre a los compradores, productores y vendedores en su intercambio mutuo. Esto es lo que se llama doctrina del Libre Comercio. Las restricciones que la sociedad puede establecer al comercio son perjudiciales para el mismo, porque no logran el fin para el cual se pueden establecer: el mejor éxito en la producción, venta y consumición de los productos elaborados.
Por otro lado, respecto a las posibles injusticias cometidas en el comercio, el Estado puede interferir en los asuntos privados para prevenir que se cometan los crímenes, como también para castigarlos una vez cometidos. Cuando una persona conoce que algo es peligroso y aún así lo realiza, la autoridad de la sociedad sólo puede aconsejarle que no lo haga, pero no puede impedírselo si eso no afecta a nadie más que a él. Es el caso de una persona cruza un puente, sabiendo que se encuentra en mal estado; pero si puede afectar a otro, como la compra de veneno, con posibilidad de usarlo para matar a otro, se debe pedir prescripción médica o, de faltar ésta, requerir la presencia de un tercer testigo –además del vendedor y del comprador- para certificar su buen uso.
Asimismo, para que un contrato sea válido legalmente se deben observar ciertas formalidades, como las firmas de las partes, los testigos, y el agrado de lo que se acuerda, para que ninguno se vea forzado a aceptar algo que va en contra de lo que le parece de su interés. También la sociedad, al buscar prevenir la delincuencia y al castigarla, pone límites a la propia individualidad respecto al cuidado de no sufrir una injusticia, porque no es suficiente que cada individuo busque prevenir el delito, sino que es necesario que la sociedad lo haga. Es el caso de la borrachera por exceso de ingestión de bebida alcohólica.
En caso de encontrar a una persona en estado de ebriedad que lastimara a una persona, se la debe castigar por la ofensa cometida con el agravante de su estado, que lo hace irresponsable. Pero la condena se dirige a castigar a la persona involucrada por haberse puesto ella misma en ese estado. Las sucesivas ofensas se las considera más graves por ser reincidente en la misma falta.
Por otro lado, hay faltas que si bien son ofensivas contra las mismas personas que las realizan en privado, si se realizan en público, es legítimo que la sociedad las castigue, porque van en contra de los buenos modales, como son las faltas contra la decencia.
Igualmente, las personas están autorizadas a actuar en base a lo que creen que es correcto y que no perjudica a nadie, salvo a sí mismos; pero también tienen el derecho de pedir consejo a otros sobre la línea de conducta a seguir; de todos modos, quien da consejo para ganar algún interés monetario o alguna ventaja, es considerado como pernicioso para el Estado o la sociedad, porque se considera una clase de atentado contra la libertad del otro.
Del mismo modo, el Estado debe tolerar la fornicación y las apuestas, pero no puede permitir la prostitución pública o el establecimiento de casas de apuestas. Porque afectan el interés general. Pero Mill no se arriesga a afirmar, según sus palabras, que se deba prohibir el acceso a las casas de apuestas y a las de prostitución, permitiendo solamente la acción privada que no molesta a nadie. Porque el cuestionamiento que se hace es que si se permite en la acción privada, ¿cómo se logra que esa acción tenga un fin deseado si le quitan el acceso a aquello que busca? La justificación de Mill para que el Estado ponga límites a estas acciones es la intemperancia a la que conducen, que atenta contra la legítima libertad por él defendida.
En el caso del alcohol, Mill propone la elevación de los precios para que no sea tan accesible a las personas la posibilidad de emborracharse y cometer algún delito en ese estado de ebriedad. También otra posibilidad que presenta es la limitación de los locales que vendan alcohol.
Depende del Estado, por otro lado, la fijación de los impuestos para sostener los servicios públicos. En la fijación de los impuestos, es el Estado el que fija las comodidades de los ciudadanos, así como evita que ellas degeneren en perjudiciales para el interés común de los ciudadanos.
Asimismo, los locales públicos requieren que se los mantenga controlados por medio de la policía; además, se debe dar alcohol a personas que sean responsables; hacer respetar los horarios de apertura y cierre de los locales donde se venda alcohol; vigilar por medio de la policía esta apertura y cierre y, finalmente, retirar el permiso del establecimiento de permanecer abierto si viola repetidamente la ley, en complicidad con otros, planificando y preparando repetidas violaciones a lo establecido por la ley.
También en la compra y venta de productos, no puede la libertad negarse a así misma, es decir, no puede ningún hombre –ni le es lícito hacerlo- venderse a sí mismo como esclavo, porque sería abdicar de su derecho a la libertad de pensamiento y acción.
De todos modos, si el Estado establece la educación y la controla, debe ser en base a una elección entre varios proyectos, como forma de estimular y de presentar un ejemplo de excelencia educativa. También debe tomar a su cargo el cuidado de la educación de las escuelas y universidades, para vigilar su excelencia; esto no va en detrimento de la diversidad que pide la libertad de expresión sino a favor de la buena educación. Para reforzar la ley, Mill propone examinaciones públicas desde temprana edad, para saber si los alumnos examinados saben o no leer.
Si no se le encuentra capaz a alguno de los alumnos, entonces se le castigará al padre responsable por ello mediante una multa moderada y al niño se lo mandará al colegio, bajo su costo. Para evitar cualquier clase de influencia en la mentalidad de los alumnos respecto a sus opiniones, se debe limitar la enseñanza a las ciencias positivas y experimentales.
Si, además, el alumno pasa el examen al que fue sometido, se le dará un certificado que testifique esta aprobación, pero no le da mayor competencia respecto a los otros, salvo la reconocida por la autoridad pública. Esto evita la discriminación por los grados académicos alcanzados.
Por otro lado, el Estado tiene la misión de vigilar el poder de los ciudadanos en cuanto pueda afectar perjudicialmente a otros, pero no puede intervenir en lo que es estrictamente privado. Así, los padres tienen derechos inalienables respecto a sus hijos: la educación y alimentación. El Estado no puede reemplazarlos, pero sí puede exigirle que cumpla con su deber de padre de darle a sus hijos lo necesario para que crezca física, psicológica y moralmente sano. Traer un hijo al mundo sin tener la capacidad de mantenerlo es, para Mill, un crimen moral. Por eso, afirma, el Estado tiene el poder de prohibir el casamiento de las personas cuando ellas no son capaces de sostener a los hijos que traigan a la existencia. Estas leyes que puede dictar el Estado impiden actos dañinos para los futuros hijos. Las acciones del Estado se dirigen a beneficiar las acciones de los individuos, en vez de dejarlas libres al azar, para que se unan o hagan las cosas por ellos mismos.
Pero el mal en el Estado es cuando quiere reemplazar la actividad de los individuos por la suya propia; empequeñeciendo la actividad del individuo, achica también lo que se puede llegar a producir y al final no se llega lejos. Intenta así dejarlos de lado y hacer su trabajo o, a veces, los hace trabajar forzadamente. Todas estas características pertenecen al comunismo que Mill critica.

Finalmente, el Estado no debe reemplazar la actividad de los ciudadanos, por eso Mill dice que ellos tienen el derecho a la libertad de asociación para instituciones benéficas e industriales. Ninguna constitución de los países puede sostenerse sin respetar este principio. Con la libertad de asociación se suma la diversidad de experimentación en la práctica y diversidad de pensamiento.
[1] MILL, John Stuart; On Liberty, Oxford University Press, Nueva York, 1998, c. I, p. 5.
[2] Ibid., p. 15.
[3] Ibid., c. II, p. 22.
[4] Ibid., p. 23.
[5] Ibid., p. 28.
[6] Ibid., p. 39.
[7] Ibid., p. 41-42.
[8] Ibid., p. 52.
[9] Ibid., c. III, p. 62.
[10] Ibid., p. 63.

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