miércoles, 7 de julio de 2010

La causa de la desigualdad en los hombres (Rousseau)

El hombre salvaje y el civilizado.
El hombre no es más que “(...) un animal menos fuerte que unos y menos ágil que otros, pero en conjunto mejor organizado que todos”[1].
El hombre salvaje está mejor preparado para enfrentar las condiciones extremas que un hombre civilizado si a éste se le despoja de todo y se lo deja desnudo igual que a él. Es más, el hombre salvaje, acostumbrado a vivir entre animales, se vuelve tan feroz como los más peligrosos animales, los cuales llegan a respetarle por su ferocidad.
Además, los animales no atacan a los hombres más que por defensa propia o movidos por el hambre. Es por eso que los esclavos y los hombres salvajes no le temen a las fieras cuando ingresan en una zona boscosa. Pero más terrible que las fieras salvajes son las enfermedades y la debilidad por el paso de los años. Pero en el hombre salvaje hay mayores posibilidades de evitarlas, porque está constantemente entrenado.
Respecto a la predisposición de los hombres por la naturaleza, “si ésta nos ha destinado a vivir sanos, me atrevo casi a asegurar que el estado de reflexión es un estado contra natura y que el hombre que medita es un animal depravado”[2]. Rousseau ve las ventajas del hombre salvaje frente al civilizado y cree que la reflexión le ha quitado lo que cada hombre recibió de parte de la naturaleza para subsistir y desarrollarse. Para él, la acción del hombre sobre él mismo, sus cuidados y la búsqueda de la plenitud no hace más que estropear lo que el hombre es por naturaleza y en vez de hacerlo mejor, lo empeora. “Diríase que todos nuestros cuidados, tratando y alimentando bien estos animales, sólo logran degenerarlos. Lo mismo pasa con el hombre: haciéndose social y esclavo, tórnase débil tímido y servil, y su manera de vivir delicada y afeminada termina por enervar a la vez su fuerza y su valor”[3]. Además, los cuidados que el hombre se proporciona lo hacen diferente de los otros y esto, para Rousseau, es otra forma de degeneración.
Asimismo, el hombre salvaje, que vive de modo semejante a los animales, tiene un sueño liviano como ellos, porque no se dedica a pensar como lo hace el hombre civilizado.
Tanto el hombre como los animales son considerados como máquinas por Rousseau, pero la diferencia se encuentra en que el animal actúa por instinto; en cambio, el hombre, movido por su libertad. Además, el animal no puede separarse de lo que es conveniente para él; n cambio el hombre, por su libertad, puede realizar acciones cuyo efecto atente contra su propia vida.
Por otro lado, la diferencia entre los animales y los hombres es de grado y no esencial, porque atribuye a los animales “(...) ideas, puesto que tiene sentidos y aun las coordina hasta cierto punto. El hombre no difiere a este respecto de la bestia más que por la cantidad (...). No es, pues, tanto el entendimiento lo que establece entre los animales y el hombre la distinción específica, sino su calidad de agente libre”[4]. Aquí, entiendo yo, hay una identificación entre imagen e idea, inteligencia e imaginación, como sucede en David Hume.
Por otro lado, la libertad, “(...) siendo (...) la más noble de las facultades del hombre (...)”[5], es la que lo distingue a éste de los animales. También la capacidad de perfeccionarse lleva al hombre a estar en un grado más alto por encima del animal, el cual no puede cambiar por más que pase el tiempo, según Rousseau.
Además, todas las operaciones, inclusive la del conocimiento, puede ser explicada por las leyes de la física, pero la libertad está fuera de este marco, porque es espiritual, porque el hombre puede experimentar que puede optar entre esto o aquello.
Las características del buen salvaje, además de las ya dichas, son: vive solamente el presente para cubrir sus necesidades básicas, no desarrolla ni su entendimiento ni su imaginación, al punto que no tiene ni apetencia por el conocimiento ni deseo de progresar en ese sentido. Pero, nuevamente, aunque progresara en el pensamiento, “¿qué progreso podría proporcionar al género humano esparcido en los bosques y entre animales?”[6].
Además, “(...) el hombre salvaje y el hombre civilizado difieren tanto en sus sentimientos y en sus inclinaciones, que lo que hace la felicidad suprema en uno reduciría al otro a la deseperación. El primero no respira más que por el reposo y la libertad; desea sólo vivir y permanecer ocioso, sin que la misma ataraxia del estoico pueda igualarse a su profunda indiferencia por todo. Por el contrario, el ciudadano, siempre activo, suda, se agita, se atormenta sin cesar en busca de ocupaciones más laboriosas siempre; trabaja hasta la muerte, corre, si se quiere, tras ella para colocarse en estado de vivir, o renuncia a la vida para alcanzar la inmortalidad; obsequia a los grandes que odia y a los ricos que desprecia, sin excusar ningún medio para alcanzar el honor de servirles; jáctase orgullosamente de su bajeza y de la protección que recibe, y ufano de su esclavitud, habla con desdén de los que no tienen el honor de compartirla. (...) Tal es, en efecto, la verdadera causa de todas estas diferencias: el salvaje vive en él mismo; el hombre sociable, siempre fuera de sí, no sabe vivir más que en la opinión de los otros, de cuyo juicio, por decirlo así, extrae el sentimiento de su propia existencia”[7].
Para Rousseau, a diferencia de Aristóteles, el hombre no necesita de otro hombre, como tampoco los animales necesitan de otros, porque pueden valerse por sí mismos. Ni siquiera la naturaleza los ha unido para satisfacer las propias necesidades ni para comunicarse unos a otros lo que es justo o injusto por medio de la palabra. He aquí un pasaje elocuente que, con toda evidencia, se dirige contra Aristóteles:
“Cualesquiera que hayan sido los orígenes, vese, por lo menos, el poco cuidado que se ha tomado la naturaleza para unir a los hombres por medio de las necesidades mutuas ni para facilitarles el uso de la palabra; cuán poco ha preparado su sociabilidad y cuán poco ha puesto de su parte en todo lo que ellos han hecho para establecer estos lazos”[8].
En la misma línea de pensamiento y contrariamente a lo que opina Hobbes, que un hombre robusto necesita de la sociedad por costumbre de las leyes, Rousseau piensa que “(...) ser robusto y a la vez depender de otro, son dos suposiciones contradictorias. El hombre es débil cuando depende de otro y se emancipa antes de convertirse en un ser fuerte”[9].
Pero llega al punto de echarle la culpa a la naturaleza que lo formó, cayendo así en un inmanentismo metafísico: el hombre no sería más que un títere. Además, insiste en que el hombre salvaje, teniendo una vida tranquila y gozando de buena salud, se encuentra en mejor estado que el hombre civilizado.
Sin embargo, reconoce el sentimiento de piedad como algo natural al hombre ante el sufrimiento de sus semejantes: “es, pues, perfectamente cierto que la piedad es un sentimiento natural que, moderando en cada individuo el exceso de amor propio, contribuye a la conservación mutua de toda la especie. Es ella la que nos lleva sin reflexión a socorrer a los que vemos sufrir (...) ella la que, en vez de esta sublime máxima de justicia razonada: haz a otro lo mismo que quieres que te hagan a ti, inspira a los hombres esta otra de bondad natural, menos perfecta, pero más útil tal vez que la precedente: haz tu bien con el menor mal posible a los otros”[10].
Como vemos, aquí la piedad está teñida de un individualismo materialista que pone en primer lugar el bien privado al bien común. No es en la razón donde el hombre encuentra su repugnancia a hacer el mal, sino en la piedad por el sufrimiento ajeno, diría Rousseau, pero esa piedad proviene del instinto de conservación de uno mismo, no de los razonamientos, porque si la piedad se fundara en estos últimos, dice Rousseau, hace mucho que la humanidad se habría extinguido. Por razón entiende una mente calculadora de los daños que cada hombre podría recibir al ayudar al otro.
Por otro lado, la unión entre varón y mujer es producida por pura pasión y deseo de placer, a tal punto que desconfía de las mujeres, a quienes acusa de querer dominar a los hombres.
Asimismo, Rousseau considera que la propiedad y sus frutos son de todos y que la consideración de la propiedad como privada ha llevado a las guerras y dominaciones. Así, “el primero que, habiendo cercado un terreno, descubrió la manera de decir: Esto me pertenece, y halló gentes bastante sencillas para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Qué de crímenes, de guerras, de asesinatos, de miserias y de horrores no hubiese ahorrado al género humano el que, arrancando las estacas o llenando la zanja, hubiese gritado a sus semejantes: `Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos pertenecen a todos y que la tierra no es de nadie!´”[11].
También considera al hombre semejante al animal, en cuanto que “el primer sentimiento del hombre fue el de su existencia; su primer cuidado el de su conservación. Los productos de la tierra le proveían de todos los recursos necesarios, y su instinto lo llevó a servirse de ellos. El hambre, y otros apetitos, hiciéronle experimentar alternativamente diversas maneras de vivir, entre las cuales hubo una que lo condujo a perpetuar su especie; mas esta ciega inclinación, desprovista de todo sentimiento digno, no constituía en él más que un acto puramente animal, pues satisfecha la necesidad los dos sexos no se reconocían y el hijo mismo no era nada a la madre tan pronto como podía pasarse sin ella”[12].
El hombre, según Rousseau, se mueve por instinto y se asocia a la mujer sólo movido por el apetito de placer, que es comparado al del hambre. La reproducción es entendida como una forma de vivir que conducía a conservar la especie; no hay, por otro lado, mutuo compromiso con ellos mismos ni con lo realizado: traer al mundo una vida; incluso la madre se desentiende de su hijo cuando éste es capaz de valerse por sí mismo. Pero este autor francés aclara que estas condiciones las tenía el hombre primitivo, aunque se debe aclarar que las capacidades que le otorga al hombre posterior son todas propias de los animales.
En el mismo sentido, a medida que fueron surgiendo dificultades, el hombre primitivo debió adaptarse y “(...) todo le obligó a dedicarse a los ejercicios del cuerpo, siéndole preciso hacerse ágil, ligero en la carrera y vigoroso en el combate. Las armas naturales, que son las ramas de los árboles y las piedras, pronto encontráronse al alcance de su mano y en breve aprendió a vencer los obstáculos de la naturaleza, a combatir en caso de necesidad con los demás animales, a disputar su subsistencia a sus mismos semejantes o a resarcirse de lo que era preciso ceder al más fuerte”[13].
Del mismo modo, “los nuevos conocimientos que adquirió en este desenvolvimiento, aumentaron, haciéndosela conocer la superioridad sobre los otros animales. (...) Fue así como, al contemplarse superior a los demás seres, tuvo el primer movimiento de orgullo, y considerándose el primero por su especie, se preparó con anticipación a adquirir el mismo rango individualmente”[14]. Lo que sentía respecto a los animales fue dirigido hacia sus semejantes: así empezó a susrgir la dominación del hombre sobre el hombre.
De la misma forma, el egoísmo es natural en el hombre, según Rousseau, porque la asociación es siempre por conveniencia de los intereses privados de los individuos que componen el vínculo y dura lo necesario para satisfacerlos, pensando siempre en el presente, despreocupados por el pasado o el futuro; pero cuando los intereses privados entran en conflicto, entran en juego las capacidades propias, sea la fuerza, sea la destreza para superar al otro en la búsqueda de lo que se necesita o se quiere, porque, “sabiendo por experiencia que el deseo del bienestar es el único móvil de las acciones humanas, encontróse en estado de distinguir las raras ocasiones en que por interés común debía contar con el apoyo de sus semejantes, y las más raras aún en que la concurrencia debía hacerle desconfiar de ellos. En el primer caso, uníase con ellos formando una especie de rebaño o de asociación libre que no obligaba a nadie a ningún compromiso y que no duraba más que el tiempo que la necesidad pasajera había impuesto. En el segundo, cada cual trataba de adquirir sus ventajas, ya por la fuerza, si se creía con el poder suficiente, ya por la destreza y sutilidad si se sentía débil. He aquí cómo los hombres pudieron insensiblemente adquirir alguna imperfecta idea de las obligaciones mutuas y de la ventaja de cumplirlas, aunque solamente hasta donde podía exigirlo el interés sensible y del momento, pues la previsión no existía para ellos; y lejos de preocuparse de un remoto provenir, no soñaban siquiera en el mañana. Si se trataba de coger un ciervo, cada cual consideraba que debía guardar fielmente su puesto, pero si una liebre acertaba a pasar al alcance de alguno de ellos, no cabía la menor duda que la perseguía sin ningún escrúpulo, y que apresada, se cuidaba muy poco de que sus compañeros perdiesen la suya”[15].
Sin embargo, en la medida en que el hombre abandonó la vida silvestre o las cuevas como vivienda, “(...) descubrió cierta especie de hachas de piedra duras y cortantes que le sirvieron para cortar la madera, cavar la tierra y hacer chozas de paja que en seguida cubría con arcilla”[16]. Éste fue el comienzo de la diferenciación entre los hombres, porque los más fuertes, agregará a continuación, fueron los primeros en construirse las chozas con la seguridad de que los restantes no se las usurparían. En cambio, los más débiles se limitaron a imitarlos.
Por otro lado, afirma que “el hábito de vivir juntos engendró los más dulces sentimientos que hayan sido jamás conocidos entre los hombres: el amor conyugal y el amor paternal. Cada familia quedó convertida en una pequeña sociedad , tanto mejor establecida, cuanto que el afecto recíproco y la libertad eran los únicos lazos de unión. (...) Las mujeres se hicieron más sedentarias y se acostumbraron a guardar la cabaña y los hijos, mientras que el hombre se dedicaba a buscar la subsistencia común. Los dos sexos comenzaron así mediante una vida algo más dulce, a perder un poco de su ferocidad y de su vigor. Mas si cada uno, separadamente, hízose menos apto o más débil para combatir las bestias feroces, en cambio le fue más fácil juntarse para resistirlas en común. En este nuevo estado, con una vida inocente y solitaria, con necesidades muy limitadas y contando con los intrumentos que habían inventado para proveer a ellas, los hombres, disponiendo de gran tiempo desocupado, lo emplearon en procurarse muchas suertes de comodidades desconocidas a sus antecesores, siendo éste el primer yugo que se pusieron sin darse cuenta de ello, y el principio u origen de los males que prepararon a sus descendientes (...)”. Porque el hombre se debilitó físicamente y perdió esa relación dominante que tenía con la naturaleza salvaje, todo por causa de las comodidades y de la asociación a otros que trajeron la asociación entre los hombres.
Igualmente, a esto se agrega el surgimiento del lenguaje, que se dio más propiamente entre personas que vivían en comunidad y, especialmente, en el seno de la familia que en aquellas que eran errantes. Esta asociaciación de personas genera un sentimiento pasional que se puede volcar hacia el bien o el perjuicio del otro, según el interés privado de cada uno; es decir, la asociación creada entre los hombres no cambia su instinto animal. Así se entiende que, en la relación entre los hombres de una misma comunidad, “un sentimiento tierno y dulce insinúase en el alma, el cual, a la menor oposición, conviértese en furor impetuoso. Con el amor despiértanse los celos, la discordia triunfa y la más dulce de las pasiones recibe sacrificios de sangre humana”[17].
Con la convivencia social de los hombres sobrevino la sobrevaloración propia y el castigo de las ofensas al propio nombre, porque “tan rponto como los hombres comenzaron a apreciarse mutuamente, tomando forma en su espíritu la idea de la consideración, cada uno pretendió tener derecho a ella sin que fuese posible faltar a nadie impunemente. (...) Fue así como, castigando cada uno el desprecio de que había sido objeto, de manera proporcional al caso, según se entender, las venganzas hiciéronse terribles y los hombres sanguinarios y crueles”. Pero, a su vez contrapone la vida bruta a la que lleva la civilización del hombre y la propia de los primeros hombres, porque “(...) nada puede igualársele en dulzura en su estado primitivo (...)”[18]. Entonces, aquí dice que el hombre es bueno cuando nace y vive en el estado primitivo, pero se pervierte cuando se asocia a otros y funda comunidades.
Con la fundación de la sociedad se agregaba, además, el incremento del castigo, porque era preciso que éste fuera más severo a medida que las ocasiones de ofender hacíanse más frecuentes y que el terror a la venganza sustituyese el freno de las leyes. Así, aun cuando los hombres fuesen menos pacientes y sufridos y aun cuando la piedad natural hubiese ya experimentado alguna alteración, este período del desarrollo de las facultades humanas, conservando un justo medio entre la indolencia del estado primitivo y la petulante actividad de nuestro amor propio, debió ser la época más dichosa y más duradera. (...) El ejemplo de los salvajes que se han encontrado casi todos en este estado, parece confirmar que el género humanofue creado para permanecer siempre en el mismo, que representa la verdadera juventud del mundo, y que todos los progresos ulteriores han sido, en apariencia, otros tantos pasos dados hacia la perfección del individuo, pero en efecto y en realidad hacia la decrepitud de la especie”[19].
Por lo tanto, la sociabilidad hizo al hombre peor, porque lo sacó de su estado primitivo, porque, “(...) mientras se dedicaron a obras que uno solo podía hacer y a las artes que no exigían el concurso de muchas manos, vivieron libres, sanos, buenos y dichosos, hasta donde podían serlo dada su naturaleza, y continuaron gozando de las dulzuras de un comercio independiente; pero desde el instante en que un hombre tuvo necesidad del auxilio de otro, desde que se dio cuenta que era útil a uno tener provisiones para dos, la igualdad desareció, la propiedad fue un hecho, el trabajo se hizo necesario y las extensas selvas transformáronse en risueñas campiñas que fue preciso regar con el sudor de los hombres y en las cuales vióse pronto la esclavitud y la miseria germinar y crecer al mismo tiempo y crecían las mieses”[20].
Con el tiempo y la multiplicación de las artes, se desarrolló el intercambio de bienes, como el metal, la comida y los géneros. También con la repartición de las tierras surgieron las primeras reglas de la justicia, en la que se debía dar a cada uno lo suyo, teniendo, a partir de entonces, cada uno lo propio. Pero se debe tener en cuenta que “sólo el trabajo es el que dando al trabajador el derecho sobre los productos de la tierra que ha labrado, le concede también, por consecuencia, el derecho de propiedad de la misma, por lo menos hasta la época de la cosecha, y así sucesivamente de año en año, lo cual constotuyendo una posesión continua, termina por trasnformarse fácilmente en propiedad. (...) Las cosas hubieran podido continuar en tal estado e iguales, si el talento hubiese sido el mismo en todos los hombres y, si por ejemplo, el empleo del hierro y el consumo de las mercancías se hubieran siempre mantenido en exacto equilibrio; pero esta proporción que nada sostenía, fue muy pronto disuelta; el más fuerte hacía mayor cantidad de trabajo, el más débil sacaba mejor partido del suyo o el más ingenioso encontraba los medios de abreviarlo (...). Así la desigualdad natural fue extendiéndose insensiblemente con la combinación efectuada, y la diferencia entre los hombres, desarrollada por las circunstancias, se hizo más sensible, más permanente en sus efectos, empezando a influir en la misma proporción sobre la suerte de los particulares”[21].
Por un lado, la labranza de la tierra marca el territorio y la necesidad que uno tiene de los frutos de la tierra; por el otro, las diferencias empiezan a verse por las distintas capacidades de cada uno y eso genera desigualdad, porque con ella sobreviene toda clase de sentimientos e intereses encontrados que hacen a los hombres enfrentarse entre sí, es decir, “(...) la ambición devoradora, el deseo ardiente de aumentar su relativa fortuna, no tanto por verdadera necesidad cuanto por colocarse encima de los otros, inspira a todos una perversa inclinación a perjudicarse mutuamente, una secreta envidia tanto más dañina, cuanto que para herir con mayor seguridad, disfrázase a menudo con la máscara de la benevolencia. En una palabra, competencia y rivalidad de un lado, oposición de intereses del otro, y siempre el oculto deseo de aprovecharse a costa de los demás: he aquí los primeros efectos de la propiedad y el cortejo de los males inseparables de la desigualdad naciente”[22]. La culpa de los males la tiene, para Rousseau, la asociación -por debilitar al hombre- y la propiedad privada, por generar disputas y desigualdad entre los hombres.
Esta situación social derivó en la separación de ricos y pobres con el establecimiento de la relación de dominio y de esclavitud, respectivamente. Como censecuencia, “surgía entre el derecho del más fuerte y el del primer ocupante un conflicto perpetuo que sólo terminaba por medio de combates y matanzas”[23]. Quien ocupaba un territorio por la fuerza sabía que también por la fuerza podía perderlo y no podía levantar queja por ello.
En el mismo sentido, el Estado surgió para proteger la propiedad privada de los ciudadanos o, por lo menos, eso era lo que se proponían sus fundadores, cuando afirmaban que “(...) en vez de emplear nuestras fuerzas contra nosotros mismos, unámoslas en un poder supremo que nos gobierne mediante sabias leyes, que proteja y defienda a todos los miembros de la asociación, rechace los enemigos comunes y nos mantenga en una eterna concordia”. A esto agrega Rousseau que “los mismos sabios comprendieron que se hacía indispensable sacrificar una parte de su libertad para la conservación de la otra, como un herido se hace amputar el brazo para salvar el resto del cuerpo. Tal fue o debió ser el origen de la sociedad y de las leyes, que proporcionaron nuevas trabas al débil y nuevas fuerzas al rico; destruyeron la libertad natural indefinidamente, establecieron para siempre la ley de la propiedad y de la desigualdad (...)”[24]. Entonces, también el Estado es una forma de esclavitud, en cuanto acentúa las diferencias entre pobres y ricos, dándole más poder a estos y sometiendo más a aquellos.
Pero Rousseau defiende la creación del Estado si se permaneciese fiel a las convicciones de quienes le dieron origen, confirmando esta convicción cuando se pregunta “(...) ¿por qué se dieron jefes si no fue para que los defendieran contra la opresión, y protegieran sus bienes, sus libertades y sus vidas, que son, por decirlo así, los elementos constitutivos de su ser?”[25]. Y más adelante lo reafirma como una sentencia cuando afirma categóricamente que “(...) los pueblos se han elegido jefes para que defiendan su libertad y no para que los esclavicen”[26].
También el derecho de propiedad privada es, para Rousseau, una convención, igual que el establecimiento del Estado. Pero si bien el hombre puede hacer de sus propiedades lo que le parezca, no puede disponer de la libertad y de la vida que le son dadas, porque esto sería atentar contra la misma naturaleza y la razón, ya que no se puede renunciar a ellas. Respecto al Estado, considera “(...) el establecimiento del cuerpo político como un verdadero contrato entre el pueblo y los jefes de su elección; contrato por el cual las dos partes se obligan al cumplimiento de las leyes en él estipuladas y constituyen los lazos de unión”[27]. A esto agrega Rousseau otra razón: el cumplimiento de los contratos entre los hombres. También le suma un cierto carácter divino al poder del gobierno para que no puedan los hombres derrocar ni dejar de temer al poder del Estado.
En definitiva, Rousseau resume las desigualdades de los hombres en cuatro, que jerarquiza según el grado de desorden que causan en la constitución de la ciudad, pueblo o Estado, porque, “(...) siendo la riqueza, la nobleza o el rango, el poder y el mérito personal, las distinciones principales por las cuales se regula o compara en la sociedad, probaría que el acuerdo o el conflicto de estas diversas fuerzas es la indicación más segura de si un Estado está bien o mal constituido; haría ver que entre estas cuatro clases de desigualdad, siendo las cualidades personales el origen de todas las demás, la riqueza es la última a la cual se reducen al fin, porque siendo la más inmediatamente útil al bienestar y la más fácil de transmitir, sirve cómodamente para comprar todo lo restante, observación que puede servir para juzgar con bastante exactitud cuánto se ha separado cada pueblo de su institución primitiva y el camino que ha recorrido hacia el término extremo de la corrupción”[28]. Entonces, tendríamos el siguiente esquema de jerarquización:
Sin embargo, Rousseau considera que estas diferencias, que pueden llevar a la miseria a muchas personas, son contrarias a la ley natural, como también sucede en el caso en “(...) que un niño mande a un anciano, que un imbécil conduzca a un sabio y que un puñado de gentes rebose de superfluidades mientras la multitud hambrienta carezca de lo necesario”[29].
[1] ROUSSEAU, Jean Jack, El origen de la desigualdad entre los hombres, LEVIATÁN, trad. por Julio Vargas, Buenos Aires, 1992, c. I, p. 29.
[2] Ibid., p. 33.
[3] Ibid., p. 34.
[4] Ibid., p. 36.
[5] Ibid., c. II, p. 79.
[6] Ibid., c. I, p. 40.
[7] Ibid., c. II, p. 89.
[8] Ibid., c. I, p. 46.
[9] Ibid., p. 48.
[10] Ibid., p. 51.
[11] Ibid., c. II, p. 59.
[12] Ibid., p. 60.
[13] Ibid.
[14] Ibid., p. 61.
[15] Ibid., pp. 61-62.
[16] Ibid.
[17] Ibid., p. 64.
[18] Ibid., p. 65.
[19] Ibid., p. 66.
[20] Ibid., pp. 66-67.
[21] Ibid., p. 69.
[22] Ibid., p. 70
[23] Ibid., p. 71.
[24] Ibid., p. 73.
[25] Ibid., p. 74.
[26] Ibid., p. 75.
[27] Ibid., p. 80.
[28] Ibid., p. 85.
[29] Ibid., p. 90.

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