miércoles, 7 de julio de 2010

El manifiesto comunista

I. Burgueses y Proletarios.

“La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de las clases. Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces y otras franca y abierta; lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases beligerantes”[1].
La historia para Marx es cíclica, es decir, se repite constantemente. Siempre hubo en el pasado quien fuera dominador y quien fuera dominado; aquél imponía las condiciones en las que tenía que trabajar; éste las aceptaba. Éste es el marco ideológico en el que se entiende la lucha de los proletarios -por la libertad- contra los burgueses, dueños de las máquinas de producción y del capital.
También hay aquí un desprecio de la autoridad por ser mirada como forma de dominio y de desprecio a los súbditos; no se considera si hubo alguno que ejerció la autoridad con justicia, simplemente se mira el mal uso del poder que han hecho quienes alguna vez ejercieron un cargo de importancia. También la oposición es dialéctica: siempre son dos bandos opuestos e irreconciliables, caído uno de los cuales asume el otro su lugar. Toda la sociedad es sometida por estas clases dominantes, porque sus ambiciones de poder y riquezas no soportan a los competidores. Cada nueva clase dominante que asume establece nuevas reglas y así cambian las condiciones de producción. De este modo, “la moderna sociedad burguesa (...) no ha hecho más que establecer, en lugar de las viejas, nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas formas de lucha”[2].
A partir de aquí, Marx empieza a detallar las características del cambio provocadas por la burguesía. Se habla de nuevas condiciones, porque “la gran industria moderna sustituye a la manufactura; el lugar de la clase media industrial vinieron a ocuparlo los magnates de la industria (...), los burgueses modernos. (...) El gobierno del Estado moderno no es más que un comité que rige los intereses colectivos de toda la clase burguesa. (...) Dondequiera que ha conquistado el Poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales e idílicas. Los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus <> las ha desgarrado sin piedad para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel <>. Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el ardor caballerezco y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta. Ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio. Ha sustituido las numerosas libertades escrituradas y bien adquiridas por la única y desalmada libertad de comercio. (...) La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. (...) La burguesía ha desgarrado los velos emotivos y sentimentales que envolvían las relaciones familiares, y las redujo a simples relaciones de dinero”[3].
Veamos qué es lo que Marx aquí le critica al capitalismo. Los productos artesanales han sido reemplazados por los hechos en serie en la fábrica, de modo que han dejado a los artesanos sin trabajo. Las pequeñas empresas han sido anuladas por las grandes corporaciones, con el mismo resultado: el desempleo. El Estado se preocupa solamente de proteger los intereses de los poderosos, porque se concibe al gobierno como aquél que protege el cumplimiento de lo establecido entre las partes, pero no asegura los derechos del trabajador, es decir, no se involucra en los asuntos de los particulares. Todo lazo entre los hombres se establece en base a la utilidad: ni familia, ni empresa propia, ni relación con la naturaleza, ni relación con Dios, ni trabajo propio, ni libertad de obrar, ni la valentía tienen importancia para los burgueses, sino sólo las acciones que tienen como fin aumentar su capital. Todo es canjeable, hasta el mismo ser humano y sus esfuerzos. Las profesiones se unifican en pocas, las rentables; el resto, con el tiempo, desaparece: se cambia el amor a la profesión por el amor al dinero. Lo mismo sucede con los lazos parentales. Todo se usa, se gasta y se descarta.
Asimismo, el capitalismo se caracteriza por un cambio constante en el modo de producir, en los mercados de intercambio y por las personas a las que se dirigen sus demandas, porque, para Marx, “la burguesía no puede existir si no revolucionando incesantemente los instrumentos de producción, y con ello todas las relaciones sociales. (...) Una revolución permanente en la producción, una incesante conmoción de todos los estamentos sociales, una inseguridad y un movimiento constantes caracterizan la época burguesa de todas las anteriores. (...) Espoleada por la necesidad de un mercado más extenso, la burguesía recorre el mundo entero. Necesita anidar en todas partes, crear vínculos en todas partes”[4].
El progreso del capitalismo va unido al avance de la tecnología de la producción y como en la época de Marx se estaban cambiando constantemente los modos de producir y los mercados con los cuales comerciar, por el avance de la colonización de las nuevas tierras descubiertas, el cambio no tenía fin. Con esto se incrementan las diferencias entre los hombres, porque quienes pueden sostenerse en el cambio permanecen con el mismo estilo de vida, pero quienes no pueden acceder a las nuevas tecnologías quedan relegados o, a lo sumo, esclavizados por parte de los nuevos dueños de las máquinas de producción. Como nada permanece igual, toda la sociedad está pendiente de los cambios que se implementarán en la tecnología de la producción, porque de ello depende su sustento de vida y la posibilidad de mantener abiertos sus negocios. La inseguridad social es el fruto de este cambio constante. Quien quiere progresar en su empresa debe ampliar sus horizontes, por ello su ambición lo empuja a buscar nuevos mercados en los cuales pueda aumentar sus ganancias. Es un ciclo que no termina, por la ambición del empresario no tiene un límite. Además, si quiere dominar a sus competidores, necesita más poder adquisitivo y engrandecer su empresa. La situación ideal para un capitalista es no tener competencia, pero no lo es para la sociedad que sufre el desempleo a costa de la ambición de un empresario.
Asimismo, a esto se suma la suplantación de la producción nacional por la importada, porque la burguesía, “con gran desolación de los reaccionarios, ha arrancado a la industria su base nacional. Las viejas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas (...) por industrias que ya no emplean materias primas del país, sino materias primas venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas las partes del globo. (...) En lugar del antiguo aislamiento y de las regiones y naciones que se bastaban a sí mismas, se establece una red de comercio universal, una interdependencia universal de las naciones. Y esto se refiere tanto a la producción material, como a la producción intelectual. La producción intelectual de una nación se convierte en patrimonio común de todas. Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional resultan de día en día más imposible; de las numerosas literaturas nacionales y locales se forma una literatura universal”[5].
Con el avance de la producción y el intercambio en el capitalismo, se pierde el amor por lo propio y lo nacional, que es reemplazado por lo ajeno y heteronacional. Las regiones se encuentran cada vez más conectadas entre sí por vías del comercio y del descubrimiento de los nuevos mercados. Para el crecimiento de las naciones, ahora, se necesita depender del crecimiento de los otros países, porque no es aconsejable comerciar con quien tiene una economía débil o en crisis, ya que no tiene capital o modo de elaborar las materias primas. En el ámbito intelectual también hay un intercambio más fluido de ideas y pensamientos, con el riesgo de que se pierda el amor a lo producido en el propio país. Pero esto, digo yo, ¿no sucedía mucho antes del surgimiento del capitalismo racional y moderno? Aquí hay un nuevo reduccionismo histórico de Marx, porque las personas ya intercambiaban pensamientos y autores en épocas posteriores y no por un motivo utilitarista, sino movidos por deseo de saber. Es cierto, sin embargo, que con el crecimiento y apertura hacia lo otro, se pone en riesgo el amor a lo propio.
De igual forma, la burguesía ha buscado seducir a los mercados de modo inteligente, porque “los precios bajos de sus mercaderías constituyen la artillería pesada que derrumba todas las murallas de China y obliga a capitular a los bárbaros más fanáticamente hostiles a los extranjeros. Obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a abrazar el régimen de producción de la burguesía, las obliga a implantar la llamada civilización, es decir, a hacerse burgueses. En una palabra: se forja un mundo a su imagen y semejanza”[6]. Si los que les ofrece la mercadería no tienen necesidad de ella, el burgués crea esa necesidad en el comprador para que le adquieran sus productos. Contagia a todos su deseo de consumir y de tener bienes materiales. También les inculca a todos aquellos con los que comercia su propio modo de ver las cosas. Porque en lo que se vende hay toda una cultura detrás que lo ha producido y a la que representa. Con la venta de sus productos a nivel mundial, el burgués acomoda sus mercados a sus propias necesidades comerciales.
En el mismo sentido, “la burguesía ha sometido el campo al dominio de la ciudad. Ha creado ciudades enormes; ha aumentado enormemente la población de las ciudades en comparación con la del campo, sustrayendo una gran parte de la población al idiotismo de la vida rural. Del mismo modo que ha sometido el campo a la ciudad, ha sometido los países bárbaros o semibárbaros a los países civilizados, los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente”[7]. La consecuencia de la expansión burguesa sin control de las acciones del empresario es el sometimiento de las personas a la explotación de los empleadores. Y esto se eleva a escala mundial, porque el que quiere crecer en su empresa necesita tener otras sucursales o mercados en los que pueda vender sus productos. Así caen los demás países pobres en sus medidas comerciales.
Igualmente, “la burguesía suprime cada vez más el fraccionamiento de los medios de producción, la propiedad y la población. Ha aglomerado la población, centralizado los medios de producción y concentrado la propiedad en manos de unos cuantos. La consecuencia obligada de ello ha sido la centralización política. Las provincias independientes, ligadas entre sí casi únicamente por lazos federales, con intereses, leyes, gobiernos y tarifas aduaneras diferentes, han sido consolidadas en una nación única, bajo un solo gobierno, una sola ley, un solo interés de clases y una sola línea aduanera”[8].
Por medio de las fábricas, los trabajos se simplifican y las personas terminan realizando una misma tarea. Pero con la multiplicación de las máquinas la cantidad de personas por trabajo es menor y mayor la cantidad de desempleados. A esto se agrega que los sueldos los decide quien es dueño de los medios de producción. Por eso, la propiedad se encuentra en pocas manos, porque los obreros no ganan más que para el sustento propio y los empresarios se hacen ricos a costa suya. Las regiones se unifican en un solo territorio y bajo un mismo gobierno: de ese modo la productividad es mayor. Pero la crítica de Marx –aunque en este punto me parece equivocada- apunta a mostrar que se puede perder lo propio por unirse a lo ajeno.
Sin embargo, Marx presagia la caída de la burguesía o el cambio de mando en la producción, porque el modo de comerciar burgués entrará en crisis. Esto lo sostiene cuando afirma que “desde hace varias décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las actuales relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía y su dominación. (...) Durante cada crisis comercial se destruye sistemáticamente, no sólo una parte considerable de productos elaborados, sino incluso de las mismas fuerzas productivas ya existentes. Durante las crisis, una epidemia social, que en cualquier época anterior hubiera parecido absurda, se extiende sobre la sociedad: la epidemia de la superproducción. La sociedad se encuentra súbitamente retrotraída a un estado de barbarie momentánea; diríase que el hambre, que una guerra devastadora mundial la han privado de todos sus medios de subsistencia; la industria y el comercio parecen aniquilados. Y todo eso, ¿por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados medios de vida, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya al desarrolle de la civilización burguesa y de las relaciones de propiedad burguesas; por el contrario, resultan ya demasiado poderosas para estas relaciones, que constituyen un obstáculo para su desarrollo. Y cada vez que las fuerzas productivas salvan ese obstáculo, siembran el desorden en toda la sociedad bueguesa y amenazan la existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas resultan demasiado angostas para abarcar las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo se sobrepone a la crisis la burguesía? De una parte, por la destrucción obligada de una masa de fuerzas productivas; de otra, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos. ¿De qué modo lo hace, entonces? Preparando crisis más extensas y más violentas y disminuyendo los medios de prevenirlas. Las armas de que sirvió la burguesía para derribar al feudalismo se vuelven ahora contra la propia burguesía”[9].
El sistema de producción capitalista que no tiene en cuenta las necesidades de sus obreros necesariamente tiene que entrar en crisis, porque produce más de lo que la sociedad puede consumir; además, los obreros no querrán mantenerse en el estado precario en el que se les obliga a trabajar, con sueldos bajos y por muchas horas, por lo que se rebelarán contra sus jefes para pedir mejoras laborales. Mientras los obreros no tengan lo suficiente para subsistir, no van a preocuparse de comprar lo que ellos mismos producen en la fábrica; por eso, lo producido no se vende y se destruye; asimismo, el modo de producir tiene necesariamente que cambiar, para salir de la crisis.
Además, los obreros no querrán seguir trabajando en las mismas condiciones de opresión por mucho más tiempo, a lo que se agrega la rebelión de los obreros de los restantes mercados de la misma empresa, que se encuentran bajo las mismas condiciones. Entonces, la crisis se extiende a todo el mercado que abarca esta empresa. Si el empresario quisiera salir de esta crisis, debería cambiar las condiciones de los obreros, pero, movido por la ambición, puede llegar a despedir a unos cuantos para tener mayor control sobre lo producido y generar temor en quienes se queden. También puede buscar nuevos mercados, para aumentar sus ganancias, pero ninguna de estas dos medidas resuelve la crisis, sino que la agrandan y profundizan.
Asimismo, los obreros se convierten, por un lado, en mercancía; por el otro, en instrumento de producción. Son una mercancía, porque “(...) no viven sino a condición de encontrar trabajo, y lo encuentran únicamente mientras su trabajo acrecienta el capital. Estos obreros, obligados a venderse al detalle, son una mercancía como cualquier otro artículo de comercio, sujeta, por tanto, a todas las vicisitudes de la competencia, a todas las fluctuaciones del mercado”[10]. Lo importante para el burgués es el aumento del capital y el obrero se somete a las condiciones que el empleador le impone. Como no tienen trabajo, deben aceptar lo que se les ofrece y dejarse someter por quien intenta explotarlos. Si el empleador necesita bajar los sueldos para tener mejor competencia, así lo hará, exigiéndole al obrero lo mismo o más. Depende, básicamente, de las ambiciones de su empleador y de la competencia del mercado.
También el obrero es un instrumento, porque “la maquinaria y la división del trabajo quitan al trabajo del proletariado todo carácter autónomo y le hacen perder con ello todo encanto para el obrero. Éste se convierte en un simple resorte de la máquina y sólo se le exigen las operaciones más sencillas, más monótonas y de más fácil aprendizaje. Por tanto, los gastos que supone hoy día el obrero se reduce poco más o menos a los medios de subsistencia indispensables para vivir y para perpetuar su raza. Pero el precio del trabajo, como el de toda mercancía, es igual al costo de su producción. Por consiguiente, cuanto más repelente es el trabajo, más bajan los salarios. Más aún, cuanto más aumentan la maquinaria, el maquinismo y la división del trabajo, más aumenta la cantidad de trabajo, bien mediante la prolongación de la jornada, bien por el aumento del trabajo exigido en un tiempo dado, la aceleración del movimiento de las máquinas, etc.”[11].
Cada obrero realiza una parte del total del producto –parcialización y división del trabajo- y los obreros se encadenan en un proceso de producción desde el inicio hasta el final de la obtención de lo que se ha de vender. Todo lo producido le pertenece al dueño de la fábrica. Como todo empieza a hacerse por máquinas, no se le exige demasiado al hombre, porque su esfuerzo es reemplazado por ella. No debe hacer mucho, sino asemejarse a los procesos de la máquina, realizando las mismas operaciones todo el tiempo. Hay en esto un rebajamiento de la calidad del trabajo del hombre, porque no cultiva todas sus facultades, sino las más sencillas. Sólo recibe como sueldo lo suficiente para seguir viviendo. Cuanto más rechazable es el trabajo –nadie quiere invertir en algo que no es agradable o que no produce muchos beneficios-, menos se paga por realizarlo. También a mayor cantidad de máquinas, mayor cantidad de obreros para operarlas o más se les exige a los obreros ya contratados, sea porque se le exige más en el mismo tiempo, o porque se extiende el horario laboral, o porque se hace trabajar más a las máquinas para producir más, porque al tener más máquinas se produce más en el mismo tiempo o en un lapso menor.
Al mismo tiempo, los obreros “no son solamente esclavos de la burguesía y del Estado burgués, sino diariamente, sino diariamente, a todas horas, esclavos de la máquina del capataz y, sobre todo, del dueño de la fábrica. Y este despotismo es tanto más mezquino, odioso y exasperante, cuanto mayor es la franqueza con que proclama que no tiene otro fin que el lucro”[12]. Esta ambición de crecimiento de la empresa es lo que mueve al burgués a explotar sin piedad al proletario, sin tener consideración alguna por los reclamos de los trabajadores. Además, es la causante de todos los desórdenes sociales de los que habla Marx en contra de la burguesía. De esta esclavitud no se salvan ni los niños ni las mujeres, que también ingresan como mercancía e instrumento de la producción industrial.
Asimismo, “pequeños industriales, pequeños comerciantes y rentistas, artesanos y campesinos, toda la clase inferior de las clases medias de otro tiempo, son absorbidos por el proletariado; unos, porque sus pequeños capitales no les alcanzan para acometer grandes empresas industriales y sucumben en la competencia con los capitalistas más fuertes; otros, porque sus aptitudes profesionales quedan sepultadas ante los nuevos métodos de producción. Así pues, el proletariado se recluta entre todas las clases sociales”[13]. Como dije antes, los que no pueden competir con las grandes empresas, sucumben, sea porque no tienen suficiente capital para mantenerse en la competencia, sea porque les falta maquinaria de producción avanzada.
Sin embargo, esto deriva en la rebelión de los obreros, que no soportan la situación a la que son sometidos. De este modo, “al principio, la lucha en entablada por obreros aislados, después, por los obreros de una misma fábrica; más tarde, por los obreros del mismo oficio de la localidad contra el burgués aislado que los explota directamente. No se limitan a dirigir sus ataques contra las relaciones burguesas de producción, y los dirigen contra los mismos instrumentos de producción: destruyen las mercancías extranjeras que les hacen competencia, rompen las máquinas, incendian las fábricas, intentan reconquistar por la fuerza la posición perdida del trabajador medieval”[14].
Además, a medida que la labor del obrero es reemplazada por más y mejores máquinas, aquél tiene cada vez menos lugar en la fábrica y cada vez se le paga menos por tareas más sencillas. De este modo, “los intereses y las condiciones de existencia de los proletarios se igualan cada vez más a medida que la máquina va borrando las diferencias en el trabajo y reduce el salario, casi en todas partes, a un nivel igualmente bajo. Como resultado de la creciente competencia de los burgueses entre sí y de las crisis comerciales que ella ocasiona, los salarios son cada vez más fluctuantes; el constante y acelerado perfeccionamiento de la máquina coloca al obrero en una situación cada vez más precaria: las colisiones individuales entre el obrero y el burgués adquieren más y más el carácter de colisiones entre dos clases”[15].
Asimismo, Marx asegura que el sentido de sus luchas es no tanto obtener lo que ellos desean a corto plazo, sino lograr la unión de los proletarios, a través de los medio de comunicación, con lo que logran unirse como movimiento nacional en contra de los burgueses. Porque son muchos los males que sufre el proletariado a costa del modo de trabajo impuesto por los burgueses y esto se evidencia en que “el proletariado carece de bienes; su relación con la mujer y con los hijos no tienen nada de común con las relaciones familiares burguesas; la producción industrial burguesa, el moderno yugo del capital, (...) despoja al proletario de todo carácter nacional. Las leyes, la moral, la religión son para él meros prejuicios burgueses, detrás de los cuales anidan otros tantos intereses de la burguesía. (...) El trabajador cae en la miseria, y el pauperismo se desarrolla más rápidamente todavía que la población y la riqueza”[16].
Ante todo este panorama, Marx propone un cambio radical y total de la sociedad, porque “todas las clases que en el pasado lograron hacerse dominantes trataron de de consolidar la situación adquirida sometiendo a la sociedad entera a las condiciones de su modo de apropiación. Los proletarios no pueden conquistar las fuerzas productivas sociales, sino aboliendo su propio modo de apropiación en vigor y, por tanto, todo modo de apropiación existentehata nuestros días. Los proletarios no tienen nada que salvaguardar; tienen que destruir todo lo que hasta ahora ha venido garantizando y asegurando la propiedad privada existente. (...) todos los movimientos han sido hasta ahora realizados por minorías o en interés de una minoría. El movimiento proletario es el movimiento autónomo de la inmensa mayoría de la inmensa mayoría en interés de la inmensa mayoría. El proletariado, la capa más baja de la sociedad actual, no puede incorporarse, no puede enderezarse, sin hacer saltar toda la superestructura formada por las capas de la sociedad oficial”[17].
Los obreros, una vez unidos como movimiento, deben anular todo lo que hace posible la propiedad privada que, según Marx, es la causa de la dominación de los obreros: todas las libertades, el mercado, las propiedades privadas, el matrimonio, la patria potestad, las diferencias intelectuales y sociales, etc. Entonces, anulando estos principios, se suprimen las consecuencias negativas. El modo de cambio es el sometimiento y la violencia dirigida contra los burgueses: la misma arma que ellos padecieron ahora la vuelcan contra sus dominadores. Nunca está considerado el todo, sino una parte del mismo: una minoría es reemplazada por una mayoría. Nadie tiene que dirigirlos si quieren realmente ser libres, piensa Marx en el fragmento citado. Por eso, el fin de estas revoluciones del proletariado es la existencia de una única clase sin gobernantes, ni diferencias de ningún tipo entre los hombres, ni rivalidades, ni discusiones.
II. Proletarios y comunistas.
¿Cómo se puede describir el proletariado comunista? Marx afirma que “los comunistas no forman partido aparte, opuesto a los otros partidos obreros. No tienen intereses propios que no sean los intereses de todo el proletariado. No profesan principios especiales a los que auisieran amoldar el movimiento proletario. Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, ponen de relieve y valoran los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en que, en las diversas etapas evolutivas por las que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto”[18].
En este pasaje podemos vislumbrar algunas de las características esenciales del comunismo: éste no se toma a sí mismo como un partido más, sino como una asociación de comunistas con una causa común, que es el dominio de toda la sociedad bajo sus ideales. Todos sus miembros piensan igual, al menos igual que el líder, nadie le contradice y nadie se opone a los principios comunistas, es decir, no hay libertad de expresión y la ideología comunista se impone a todo pensamiento, en especial a los participantes de dicha asociación. La ideología comunista supera las barreras de la nacionalidad y ésta –con toda su riqueza cultural- se somete a aquella, teniendo obligatoriamente que renunciar a lo que le es propio y que se opone a la ideología comunista. El todo está por encima de la parte y la parte se pierde en el todo, porque no hay diferencia de intereses ni de caracteres: no hay “mío” ni “tuyo”, “yo” ni “tú”, sino siempre un “nosotros anónimo”, que toma el nombre de comunista.
Asimismo, “lo que caracteriza al comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino la abolición de la propiedad burguesa. Pero la propiedad privada actual, la propiedad burguesa, es la última y más perfecta expresión del modo de producción y de apropiación de lo producido basado en los antagonismos de clase, en la explotación de los unos por los otros. En este sentido los comunistas pueden resumir su teoría en esta fórmula única: abolición de la propiedad privada”[19].
La abolición de la propiedad privada es fundamentada en base a la atribución –errónea, por cierto- de ser la causa de todas las injusticias sociales. Por ella, como afirmó recién Marx, los grandes burgueses someten a los proletarios y pequeños burgueses. Por eso, al eliminar la propiedad privada, se elimina el mal social: ya no habría sometimiento y todos tendrían lo mismo. Porque se trata de reemplazar las propiedades privadas por un sistema de repartición pública e igualitaria de bienes por parte del gobierno, dominado por proletarios. Tampoco habría robo, porque no hay nadie que pudiera decir “esto es mío”. Pero se haría absolutamente necesario la presencia de una instancia mediadora que repartiera equitativamente a toda la sociedad lo producido por la sociedad, es decir, el Estado sería un mal necesario para los comunistas, porque es el interventor y sustentador de la ideología comunista, es decir, es el que impone y encuadra la sociedad en los principios de la filosofía comunista.
¿Cómo diferencia Marx al comunismo del capitalismo? Teniendo en cuenta la anulación de la propiedad, a esto se le suma el hecho de que “ser capitalista significa ocupar, no sólo su posición personal en la producción, sino también una posición social. El capital es un producto colectivo; no puede ponerse en marcha sino por la actividad común de muchos miembros de la sociedad y, en último término, sólo por la activiadad común de todos los miembros de la sociedad. El capital no es una fuerza personal; es una fuerza social. Por tanto, si el capital es transformado en propiedad individual, perteneciente a todos los miembros de la sociedad, no es la propiedad personal la que se transforma en propiedad colectiva. Sólo habrá cambiado el carácter social de la propiedad. Ésta perderá su carácter de clase. Examinemos el trabajo asalariado. El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario, es decir, la suma de los medios de subsistencia necesarios al obrero para sostener su vida como tal obrero. Por consiguiente, lo que el obrero asalariado adquiere con su trabajo es estrictamente lo que necesita para la mera reproducción de su vida”[20].
La propiedad privada se transfiere de las manos de los burgueses a las de los proletarios, convirtiéndose de distribución privada a reparto público. Ya no pertenecerá a una clase, sino al proletariado, el cual se encargará de no tener competencias, por eso la propiedad ya no pertenecerá a una clase social, sino a toda la sociedad proletaria. El sometimiento del obrero por medio del salario mínimo y la máxima producción es exactamente lo que Marx quiere destruir, porque lo considera una esclavitud del asalariado. Sólo se le da lo suficiente para que viva y se sostenga él sólo, pero de ninguna manera disfruta de los logros de su trabajo, que le pertenecen por entero al burgués. En cambio, para el comunista, todo lo que trabaja el obrero se destina para el bien del obrero. En el capitalista, la producción es más importante que el obrero; en el comunismo se propone poner en primer lugar a todos los obreros antes que la misma producción.
Igualmente, Marx atribuye los males de la sociedad a los principios del capitalismo y por ello quiere eliminarlos, para hacer desaparecer el problema. De este modo, “por la libertad, en las condiciones actuales de la producción burguesa, se entiende la libertad de comercio, la libertad de comprar y vender. Desaparecido el mercado, desaparecerá también el libre tráfico. Las declamaciones sobre la libertad de comercio, lo mismo que las demás bravatas liberales de nuestra burguesía sólo tienen sentido aplicado al comercio encadenado y al burgués sojuzgado de la Edad Media; pero no ante la bolición comunista del mercado, de las condiciones burguesas de producción y de la propia burguesía”[21]. Así, se suprime la libertad de comercio y, con ello, el mercado, consecuencia lógica de la anulación de la propiedad privada.
Sin embargo, Marx defiende el modo de apropiación comunista frente a la concepción de la propiedad capitalista y afirma que “el comunismo no priva a nadie del poder de apropiarse de los productos sociales; no quita más que el poder de sojuzgar el trabajo ajeno por medio de esta apropiación”[22]. Los bienes son de todos, pero los administra el Estado comunista. Por eso, de cierta manera, el comunismo, a mi parecer, priva a los ciudadanos de tomar directamente los bienes por su propia cuenta, para recibirlos por medio del Estado, que distribuye equitativamente a todos según la misma proporción. Sin embargo, es rescatable que Marx no quiera que un hombre domine al otro por medio de obligaciones que le impone a su trabajo, de modo que uno se quede con el fruto y el otro con el esfuerzo.
También el comunismo rechaza la cultura como producto del capitalismo, porque “lo mismo que para el burgués la destrucción de la propiedad de clase equivale a la destrucción de toda producción, el destruir la cultura de clase significa para él la desaparición de toda cultura. La cultura, cuya pérdida deplora, no es para la inmensa mayoría de los hombres más que el adiestramiento que nos transforma en máquinas. (...) Vuestras ideas son en sí mismas producto de las relaciones de producción y de propiedad burguesas, como vuestro derecho no es más que la voluntad de vuestra clase elevada a ley; voluntad cuyo contenido está determinado por las condiciones materiales de existencia de vuestra clase”[23].

El primer término de comparación es correcta, en cuanto que no se puede producir si no se tienen bienes. Pero, a mi parecer, el segundo necesita aclaraciones. La cultura de todos los pueblos que el comunismo domina es reemplazada por la ideología de aquella corriente filosófica, de modo semejante a como sucede con el capitalismo extremo. El problema que denuncia aquí Marx es que ninguno de los obreros tiene acceso a la cultura de la que disponen los burgueses y, es más, la cúltura de estos últimos se reduce al modo de producción y sometimiento que imponen los burgueses sobre los proletarios. Porque Marx entiende que las ideas de una clase surgen del modo de producción, de las condiciones materiales de existencia, es decir del modo como transforman la naturaleza surge el modo de su propio carácter burgués. De este modo, si se cambia el modo de producción y el modo de transformación de la naturaleza, también cambiará el hombre con ello. Así también, las ideas burguesas se imponen a los proletarios por el modo de producción establecido por aquellos, del mismo modo que por la fuerza obligan los capitalistas a los obreros a producir lo que quieran y del modo que lo deseen.
Por otro lado, Marx propone la “¡abolición de la familia! Hasta los más radicales se indignan ante este infame designio de los comunistas. ¿En qué se funda la familia actual, la familia burguesa? En el capital, en el lucro privado. La familia, plenamente desarrollada, no existe más que para la burguesía; pero encuentra su complemento en la carencia forzosa de relaciones familiares de los proletarios y en la prostitución pública. La familia burguesa desaparece naturalmente al dejar de existir ese complemento suyo, y ambos desaparecen con la desaparición del capital. ¿Nos reprocháis el querer abolir la explotación de los hijos por sus padres? Confesamos este crimen. Pero decís que destruimos los vínculos más íntimos sustituyendo la educación doméstica por la educación social”. Y respecto de los comunistas, dice que estos “(...) lo que hacen es modificar el carácter que hoy tiene y sustraer la educación a la influencia de la clase dominante. Las declamaciones burguesas sobre la familia y la educación, sobre los dulces lazos que unen a los padres con sus hijos, resultan más repugnantes a medida que la gran industria desgarra los lazos familiares de los proletarios y convierte a los niños en mercancías, en simples instrumentos de trabajo”[24].
Comentemos este pasage en detalle. La abolición de la familia es otro principio comunista: sus lazos no serán más que casuales, le proveerán al Estado hijos a los que educar y esos hijos pertenecerán más al estado que a los mismos padres. Se anula la patria potestad, es decir, no se reconoce el derecho de los padres de educar a sus hijos en las creencias que le parezcan mejor y todos los hijos serán educados en la ideología comunista desde pequeños. Como los proletarios no pueden tener familia por la exigencia que les impone el capitalismo en sus trabajos, Marx propone anular la institución familiar para anular el problema: que el Estado se haga cargo de los hijos. Además, toma a la familia como una forma de dominación capitalista que hay de derogar y la identifica con una pequeña empresa en la que lo importante es el lucro. De este modo, no habrái prostitución en las mujeres de los proletarios, los hijos serían educados en el comunismo para no caer en los errores del capitalismo y habría orden y unidad en la sociedad.
En el mismo sentido, para seguir desprestigiando al matrimonio, afirma que no hay “nada más ridículo, por otra parte, que el horror ultramoral que inspira a nuestros burgueses la pretendida comunidad oficial de las mujeres que atribuyen a los comunistas. Los comunistas no tienen que molestarse en implantar la comunidad de las mujeres: casi siempre ha existido. Nuestros burgueses, no bastándoles con tener a su disposición a las mujeres y a las hijas de sus proletarios, sin hablar de la prostitución oficial, encuentran un placer singular en seducirse unos a otros sus mujeres. El matrimonio burgués es, en realidad, la comunidad de las esposas. A lo sumo, se podría acusar a los comunistas de querer sustituir una comunidad de las mujeres hipócritamente disimulada, por una comunidad franca y oficial. Es evidente, por otra parte, que con la abolición de las relaciones de producción actuales desaparecerá la comunidad de las mujeres que de ellas se deriba, es decir, la prostitución oficial y privada”[25].
Acusa directamente a los burgueses de ser los promotores de la prostitución de las mujeres e hijas de los proletarios y de las mujeres en la sociedad. Identifica al matrimonio con esta prostitución, como parte de los principios burgueses, porque, como dijimos, son las condiciones de producción las que forman los hábitos y costumbres del hombre, según Marx. Pero él no propone la comunidad de las mujeres, porque, por lo que dice al final de este párrafo, esta horrorosa consecuencia de la opresión capitalista se desvanecería al derogar los principios capitalistas que la generan. Todo se discute en el marco de la producción: de ella todo surge y a partir de ella todo se soluciona.
Asimismo, “se reprocha también a los comunistas de querer abolir la patria, la nacionalidad. Los trabajadores no tienen patria. No se les puede quitar lo que no tienen. Mas, por cuanto el proletariado debe en primer lugar conquistar el Poder político, elevarse a la condición de clase nacional, constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgués. El aislamiento nacional y los antagonismos entre los pueblos desaparecen de día con el desarrollo de la burguesía, la libertad de comercio y el mercado mundial, con la uniformidad de la producción industrial y las condiciones de existencia que le corresponden. (...) La acción conjunta del proletariado, al menos el de los países civilizados, es una de las condiciones primordiales de su emancipación. En la misma medida en que sea abolida la explotación de un individuo por otro; será abolida la explotación de una nación por otra. Al mismo tiempo que el antagonismo de las clases en el interior de las naciones, desaparecerá la hostilidad de las naciones entre sí”[26].
La ideología comunista reemplaza las ideas y las culturas nacionales por su propio sistema de vida y producción y distribución de bienes. En el comunismo, no puede existir nada propio, todo tiene que ser común. No puede, por eso, haber una nacionalidad común a todos, como no puede haber una cultura común a todos, pero sí una idelogía -comunista- común. Porque ésta debe dominar el gobierno para imponer sus ideas y cambiar el modo de producción. De este modo, si se expandiera en todos los países, éstos dejarían de ser independientes y formarían colonias del país gestor del comunismo y su expansión. Las diferencias disminuirían y la imposición de la ideología se haría común. En este sentido, en la medida en que el proletariado se convierte en el único partido, en la única clase social a nivel del país entero, se puede llamar nacional, porque no hay nadie que piense -o se atreva a pensar- distinto al gobierno dominante. Si esto se llevara a nivel internacional, según Marx, desaparecerían todas las consecuencias del capitalismo, entre las cuales se cuenta el sometimiento de una nación por otra. En los burgueses, se llama estado nacional por lo producido –no por los obreros, que es lo propio de los comunistas- que se diferencia de otros países.
Igualmente, Marx reafirma lo dicho muchas veces respecto a la cultura: que ella es producto de las condiciones de producción y cambiadas éstas, cambiará necesariamente aquella. Y a la vez, es la clase dominante la que desde el gobierno impone sus propias ideas y a eso se le llama, según Marx, cultura. Porque la conciencia del hombre y toda su existencia con sus ideas, dependen del modo de producción establecido por la clase dominante.
También, Marx propone un plan de acción en el que “el proletariado se valdrá de su poder para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de todas las fuerzas productivas. Esto, naturalmente, no podrá cumplirse al principio más que por una acción despótica sobre la propiedad y el régimen burgués de producción, es decir, por la adopción de medidas que desde el punto de vista económico parecerán insuficientes e insostenibles, pero que en el curso del movimiento se sobrepasarán a sí mismas y serán indispensables como medio para transformar radicalmente todo el modo de producción vigente”[27].
Marx propone aquí un pase de mando, de los burgueses a los proletarios. El dinero, los medios de producción y los mismos obreros –todos los ciudadanos con capacidad de trabajar- serán administrados por el Estado. Plantea un cambio radical que necesita la fuerza, la violencia como principio de cambio, pero, entiendo yo, si un cambio se inicia por la violencia, ésta se mantiene para conservar lo adquirido. El estado es el que ejerce esta violencia sostenida en el tiempo y el que administra lo hecho por la sociedad, nadie puede objetarle nada, porque no hay libertad de expresión. Con esta medida, parecerá que cada uno no obtendrá lo que necesita, sino lo que recibe igualitariamente por el Estado, pero de ese modo ya no habrá injusticias y ni peleas, sometimiento o robo de uno para el otro. A medida que todos los ciudadanos se conviertan en obreros, la producción será mayor y habrá más para distribuir entre los ciudadanos. Es por esto que dice Marx que con el tiempo se sobrepasará lo hecho por los capitalistas.
Sin embargo, donde se muestra más propiamente el comunismo y sus principios es en las propuestas de Marx para transformar la sociedad:
“1. Expropiación de la propiedad inmueble y aplicación de la renta del suelo a los gastos del Estado.
”2. Fuerte impuesto progresivo.
”3. Abolición del derecho de herencia.
”4. Confiscación de la propiedad de todos los emigrados y rebeldes.
”5. Centralización del crédito en manos del Estado por medio de un Banco nacional con capital del Estado y monopolio exclusivo.
”6. Centralización en manos del Estado de todos los medios de transporte.
”7. Multiplicación de las fábricas nacionales y de los medios de producción, roturación de los terrenos incultos y mejoramiento de las tierras, según un plan general.
”8. Obligación de trabajar para todos; creación de ejércitos industriales, principalmente para la agricultura.
”9. Combinación de la agricultura y la industria; medidas encaminadas a hacer desaparecer gradualmente la oposición entre la ciudad y el campo.
10. Educación pública y gratuita de todos los niños; abolición del trabajo de estos en las fábricas tal como se practica hoy; régimen de educación combinado con la producción material, etcétera”[28].
Todos los bienes son del Estado, incluyendo al mismo individuo, como veremos en seguida. No hay nada propio, todo es común y administrado por el Estado, que distribuye a todos por igual en una proporción establecida por él mismo. Esa proporción siempre puede disminuir, pero nunca aumentar, porque lo importante es el Estado y la ideología comunista, no el individuo y sus condiciones, que se piensan siempre en relación al todo y no separadamente. Con lo recaudado se cubren los servicios del Estado y, después, los bienes necesarios para los individuos.
Los bienes del Estado aumentan en proporción a las necesidades de expansión de la ideología coomunista y del sostenimiento de los gobernantes que dirigen al pueblo. Esto evita que el pueblo teng bienes propios o que pueda ahorrar lo que el Estado le da, de modo que siempre se lo tenga sometido y, por ello, los bienes del pueblo disminuyen con el tiempo.
Nadie puede darle a otro pariente suyo lo que el Estado le ha dado gratuitamente, porque no le pertenece. No hay transmisión de bienes dentro de una misma familia; ésta queda desmembrada, porque los hijos, como veremos, son educados únicamente por el Estado, aboliendo la patria potestad y no se tienen bienes para mantener a toda la familia, porque todos deben recibir lo mismo.
Quienes se hayan ido a otro país en donde no reine la ideología comunista, perderán sus bienes, auque si se quedaran también los perderían. Pero no tendrán participación en los bienes que el Estado reparte si volvieran, por ser desertores y serían considerados traidores. Probablemente, los desertores y los rebeldes reciban castigos por parte del Estado por oponerse a la ideología comunista, la cual es el criterio de discernimiento entre lo que es justo e injusto mirado desde el Estado. Se anula la libre circulación dentro y fuera del país, porque podrían desertar o tramar alguna revuelta.
Nadie puede comerciar, sino que todos deben producir a favor del Estado. Anulación de todas las libertades, empezando por la referida al comercio. Todo debe ser destinado al Estao y quien se quede con algo, sería considerado un ladrón y traidor a la causa comunista. Todo el dinero se destina para aumentar los caudales del Estado.
Nadie puede transportar a otra persona como negocio, porque de esto también se ocupa el Estado, para evitar que de ello se saque alguna ganancia que diferencie a los ciudadanos entre sí. Pero también el traslado de un lugar a otro se hace del modo, en el momento y hacia donde el Estado determine.
Todos deben hacer lo que el Estado les manda, todos deben dedicarse a la producción industrial y a la industria. No existe –o no hay lugar para ella- la vocación profesional. Se estudia para el bien del Estado y su crecimiento, aunque no se tenga capacidad o no guste o no se quiera. Se disminuye notablemente la diferencia entre los oficios y otros se prohíben o desaparecen por no tener los medios para desarrollarlos, como el de profesor universitario en literatura ajena a la ideología comunista.
Todos los campesinos se volverán ciudadanos, todos los ciudadanos se volverán obreros. No habrá distinción entre los ciudadanos y el campo y las propiedades privadas se expropiarán para explotarlas a favor de todos los demás, es decir, del Estado.
Todos leerán los mismos textos y se formarán en la misma ideología comunista. Lo que no contribuya a ello, se oponga o no colabore, será anulado, destruido, quemado y prohibido. Quien desobedezca será considerado rebelde o traidor. La eduación apuntará a preparar a los niños como futuros productores.
“Una vez que en el transcurso del tiempo hayan desaparecido las diferencias de clase y se haya concentrado toda la producción en manos de los individuos asociados, el Estado perderá su carácter político. El Poder político, hablando propiamente, es la violencia organizada de una clase para la opresión de otra. (...) En sustitución de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y antagonismos de clase, surgirá una aosicación en el que el libre desarrollo de cada uno será la condición del libre desarrollo de todos”[29].
Marx considera que el Estado es una forma de opresión necesaria para establecer una única clase y las mismas condiciones sociales de producción. Por eso, una vez logrado esto, piensa él, ya no será necesario el Estado, pero, en realidad, pienso yo, el Estado se hace indispensable para mantener el modo de producción y todos los principios comunistas, porque se empezó por la violencia de la imposición de la ideología y se mantiene por esa misma violencia en el tiempo.
Aportes y críticas.
En Marx tenemos aspectos positivos y negativos, como en todo pensador. Empecemos por los primeros. Hay que reconocerle a este pensador la profunda crítica que le dirige a los capitalistas de su época y esas consecuencias se vislumbran también hoy, en aquellos lugares en los que no se respetan los derechos del trabajador, de su familia y de su condición social.
También es cierto el peligro que representa la tecnología en la exclusión social, porque en la medida en que reemplaza a muchos obreros y a estos no les da la posibilidad de insertarse en el mercado laboral, se genera un desorden social que se opone al mismo desarrollo integral de la sociedad y de la persona misma.
Asimismo, es importante rescatar la crudeza del utilitarismo que lleva a la explotación de los obreros por mucho tiempo y a bajo precio, considerándolo como una mercancía más. Hay avasallamiento de todo lo que sirva para la producción, destruynedo lo ajeno y no respetando lo que es propio de cada lugar y cultura.
A esto se agrega, por una parte, la excesiva producción capitalista que supera lo que los ciudadanos pueden consumir y, entonces, se hecha a perder el producto, no teniendo en cuenta que muchos ciudadanos pueden llegar a necesitarlo, pero no tienen el dinero para adquirirlo.
Por otra, esto lleva al desempleo y a la pobreza de la población, generando un malestar social generalizado, porque los ciudadanos ven que los empresarios se enriquecen injustamente a sus espaldas. En esta lucha social por el reconocimiento de los derechos del trabajador, un Estado que hace de mediador sin comprometerse por la protección de los ciudadanos en su totalidad, se hace partícipe –directa o indirectamente- de la explotación de los empresarios sobre los obreros. Esto no le permite al obrero tener su propia propiedad privada, ni ahorro, ni formar asociaciones para luchar por sus derechos, ni formar y mantener una familia, ni tener un negocio propio, ni nacionalidad.
Sin embargo, el comunismo se ha equivocado en atribuir los males de la sociedad a las instituciones y medios de desarrollo del capitalismo, como lo son el mercado, el Estado, el capital, las máquinas de producción y la sistematización del trabajo. Porque no es ninguna de estas cosas las que producen el desorden, sino la ambición desmedida de bienes materiales que somete a los obreros a largas horas de trabajo por un sueldo mínimo. Al anular todos los principios de producción capitalista no se regula con ello la ambición, sino que pasan de unas manos a otras: de los empresarios a los políticos comunistas, que dejan en la pobreza al pueblo bajo el lema de la igualdad de todos, excepto ellos que se enriquecen a su costa. El problema del capitalismo no se encuentra en los medios, sino en las personas: es un problema moral y, en segundo lugar, político.
Además, al anular todas las libertades y los principios de derecho natural, como son la propiedad privada, la familia y la asociación, privan a todos los ciudadanos de los bienes que pueden alcanzar a través de ellos. Si el problema es que no todos participan de los bienes, entonces la solución es extender esos beneficios a todos, teniendo un mínimo y respetando la capacidad de cada uno. Es decir, respetar la propiedad privada, pero a quien tenga más, se deberá exigirle más por medio de los impuestos, cuyo fin será proveerle de trabajo y de los bienes que necesita para vivir dignamente. Esta tarea es la propia del Estado. Su acción debería estar regulada por el principio de subsidiariedad.
Igualmente, en la medida en que niegan las instituciones que el capitalismo valora, cometen errores peores y extienden el mal social a todos los ciudadanos, excepto a los gobernantes, que son los que manejan las riquezas del pueblo, pero nadie asegura de que ellos se comnportarán debidamente con ellas y que repartirán equitativamente entre todos los ciudadanos.
Sin embargo, lo peor de todo es la hipocresía del comunismo, porque critica al capitalismo de privarle a los ciudadanos lo que aquella ideología hace con todo el pueblo. Además, no valora nada de lo que le critica al capitalismo: ni la familia, ni la propiedad privada, ni la asociación, ni el Estado, ni la capacidad de cada uno de sostenerse a sí mismo, ni la nación, ni la vocación profesional, ni las libertades de distinto tipo. Esto provoca que violen toda clase de derechos para mantener firme la ideología comunista y, entonces, la cura –el comunismo- se vuelve peor que la enfermedad que se intentaba curar, es decir, los excesos del capitalismo: porque habrá detenciones, vigilancia de los ciudadanos, asesinatos, torturas, prohibiciones, hechos de los que están privados los gobernantes comunistas por estar en el poder.
Del mismo modo, el comunismo se equivoca en su concepción histórica, atribuyendo a todos los hombres –que ni siquiera conoce- los mismos males que ve en algunos capitalistas. Esto lo extiende a la familia y al atentar contra ésta, destruye la sociedad, porque no es suficiente con la educación, sino que es necesario el afecto de los padres. Con esto le niega la patria potestad a todos los padres y reemplaza la educación que pueden darle por una pública, lo cual es nefasto, porque no se les enseña a pensar, sino a repetir y no forman su propio pensamiento, sino que son seguidores de un conjunto de buitres: lo que cultivan se volverá contra ellos, esa es la lógica del poder mal usado.

NOTAS

[1] MARX, Karl; Engels, Federico; El manifiesto comunista, Edicomunicación, trad. por Elisa Dapia Romero, Barcelona, 1999, c. I, p. 96.
[2] Ibid.
[3] Ibid., pp. 98-99.
[4] Ibid., p. 100.
[5] Ibid., p. 101.
[6] Ibid.
[7] Ibid., pp. 101-102.
[8] Ibid., p. 102.
[9] Ibid., pp. 103-104.
[10] Ibid., p. 104.
[11] Ibid., p. 105.
[12] Ibid.
[13] Ibid., p. 106.
[14] Ibid.
[15] Ibid., p. 107.
[16] Ibid., pp. 110-111.
[17] Ibid., p. 110.
[18] Ibid., pp. 112-113.
[19] Ibid., pp. 113-114.
[20] Ibid., p. 115.
[21] Ibid., p. 116.
[22] Ibid.
[23] Ibid., p. 117.
[24] Ibid., p. 118.
[25] Ibid., p. 119.
[26] Ibid., pp. 119-120.
[27] Ibid., p. 122.
[28] Ibid., pp. 122-123.
[29] Ibid., pp. 123-124.

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