miércoles, 7 de julio de 2010

La filosofía política de David Hume


1. De la libertad de prensa.
“Nada puede sorprender tanto a un extranjero como la gran libertad que en este país disfrutamos para comunicar al público cuanto nos plazca y censurar abiertamente las medidas tomadas por el rey o sus ministros. (…) En mi opinión e observación cierta en política que las formas extremas de gobierno, la libertad y la esclavitud, suelen parecerse, y que si, apartándonos de ellas, ponemos ciertas dosis de monarquía en libertad, el gobierno se hace más libre, mientras que si mezclamos alguna libertad con la monarquía el yugo resulta más gravoso e intolerable”[1].
Establece aquí, a mi parecer, Hume a la monarquía como el gobierno ideal para que gobierne al pueblo, pero es en el marco del respeto a la libertad de expresión y eso la hace viable con el pensamiento de Hume. En cambio, una monarquía cerrada a la libertad de expresión no es un gobierno justo ni bueno para la población, porque le coarta su pensamiento.
Por otro lado, “(…) hemos de considerar el gobierno romano bajo los emperadores bajo una mezcla de despotismo y libertad en la que prevalecía el despotismo, y el gobierno inglés como una mezcla semejante en la que predomina la libertad. (…) Muchos de los emperadores romanos fueron los tiranos más horrendos que han infamado la especie humana; y es evidente que su crueldad fue sobre todo fruto de su recelo, y del convencimiento de que los patricios romanos soportaban con impaciencia el dominio de una familia que poco antes no era en nada superior a la propia. En Inglaterra, en cambio, donde prevalece el aspecto republicano de gobierno, aunque con gran dosis de monarquía, ésta se ve obligada por instinto de conservación, a mantener una constante vigilancia sobre los magistrados, eliminar cualquier tipo de poderes discrecionales y asegurar la vida y la hacienda de todos mediante leyes generales e inflexibles. Sólo puede ser tenido por delito aquello que la ley ha especificado claramente como tal; a nadie le puede ser imputado un delito sino mediante prueba suficiente ante los jueces; y estos jueces deben ser sus conciudadanos, obligados en el propio interés a mantenerse alertas frente a los abusos y violencias de sus ministros”[2].
Se da, a mi entender, libertad, pero se la regula mediante las leyes y se vigila su uso por medio de un Estado policial, para que los magistrados no abusen de su poder y el pueblo no se desordene en sus acciones.
Asimismo, dice Hume, “el espíritu del pueblo necesita ser alertado con frecuencia para poner coto a las ambiciones de la Corte; y no hay [mejor medio] como el temor a esa alerta para prevenir tales ambiciones. A este propósito, nada tan eficaz como la libertad de imprenta, que permite poner todo el saber, el ingenio y el talento de la nación al servicio de la libertad, y anima a todo el mundo a defenderlo”[3].

2. Que la política puede ser reducida a ciencia.
Parece que Hume considera que un gobierno es bueno por su administración, porque afirma que es “cierto que quienes mantienen que la bondad de un gobierno reside en la bondad de la administración pueden citar muchos ejemplos de un mismo gobierno que, en otras manos, ha cambiado súbitamente de bueno o malo al extremo opuesto”[4]. Después Hume cita algunos ejemplos para fundamentar esta afirmación.
Por otro lado, el gobierno que prefiere Hume es el republicano, porque afirma que “los gobiernos absolutos dependen grandemente de la administración, y éste es uno de los más graves inconvenientes de tal sistema. Pero [en] un gobierno republicano y libre sería un absurdo si los frenos y controles previstos en la constitución no tuvieran verdadera influencia, y no hiciesen conveniente, incluso para los malvados, mirar por el bien público”[5].
Igualmente, “tan grande es la fuerza de las leyes, y de las diversas formas de gobierno, y tan escasa su dependencia del humor y el temperamento de los hombres, que a veces se pueden deducir de ellas consecuencias casi tan generales y ciertas como las de las ciencias matemáticas”[6].
Por otro lado, “(…) un hombre del país llevará a su trono sus odios y amistades, y su elección no dejará de suscitar la envidia de quienes hasta entonces lo consideraron su igual. Esto sin contar con que una corona es una recompensa demasiado alta para que la reciba siempre el mérito, e inducirá a los candidatos a emplear la fuerza, el dinero o la intriga para procurarse los votos de los electores, de modo que la elección no ofrecerá mayores garantías de superiores prendas en el príncipe que si el país se hubiese atenido a la cuna para darse un soberano”[7]. Para Hume, es mejor el gobierno hereditario que el electivo, según afirma un poco antes del texto citado, porque la elección de un nuevo gobernante colocaría a los ciudadanos en el marco de una lucha por el poder y al borde de una guerra civil por el poder. Pero además, prefiere a un gobernante del lugar que a un extranjero, porque éste buscaría enriquecerse a costa del pueblo sin preocuparse de los intereses del pueblo, compartiendo su poder con otros extranjeros. La lucha por el poder entre los ciudadanos de un lugar asegurará también la igualdad en la lucha en cuanto que no se respetarán los méritos ni los orígenes nobles de los candidatos, como sucedería si el que tomara el poder fuera un príncipe por herencia.
Además, dice Hume, que “la nobleza que posee el poder en común conservará la paz y el orden, tanto en su seno como entre sus súbditos, y ninguno de sus miembros gozará de la autoridad suficiente para manejar la ley a su capricho. Los nobles mantendrán su autoridad sobre el pueblo, pero sin tiranía ni quebranto para la propiedad privada, porque un gobierno tiránico no conviene a los intereses de todos ellos, aunque algunos puedan preferirlo. (…) La nobleza entera formará un solo cuerpo y todo el pueblo otro, sin esas pugnas y animosidades internas que siembran la ruina y la desolación”[8].
De estas ideas deduce Hume que “(…) un príncipe hereditario, una nobleza sin vasallos y un pueblo que vota a través de sus representantes forman la mejor monarquía, aristocracia y democracia”[9].
Igualmente, “(…) los gobiernos libres (…) son los más ruinosos y opresores de sus provincias (…). (…) es precaución necesaria en un estado libre cambiar con frecuencia a los gobernadores, lo que obliga a estos tiranos temporales a ser más expeditos y rapaces, a fin de acumular suficientes riquezas antes de ceder el puesto al sucesor”[10].
Respecto a la administración de los bienes públicos, Hume cree que “no deben, pues, los legisladores confiar el gobierno de un estado al azar, sino elaborar un sistema de leyes que regulen la administración de los asuntos públicos hasta la más lejana posteridad. Los efectos siempre corresponderán a las causas y, en cualquier comunidad, unas leyes sabias son el legado más valioso para las generaciones futuras. (…) Unas buenas leyes pueden dar orden y moderación al gobierno allí donde hábitos y costumbres han inculcado escasa humanidad y justicia en el temperamento de las gentes”[11].
También dice Hume que se debe “(…) mantener con el mayor celo en todo estado libre aquellas formas e instituciones que aseguran la libertad, satisfacen el bien público y frenan y castigan la avaricia y la ambición de los particulares. Nada honra tanto a la naturaleza humana como el verla capaz de tan noble pasión, de igual modo que nada puede ser en un hombre mayor indicio de un corazón ruin que el estar falto de ella”[12].
3. De los primeros principios de gobierno.
La opinión de los ciudadanos respecto a los gobernantes es lo que a éstos les brinda poder, según Hume, sea que se trate de un gobierno libre o de un tiránico. La opinión que favorece al gobierno y lo hace estable es aquella que considera que el gobierno favorece al pueblo y esa opinión es imperante, en cuanto la sostiene la mayoría de los ciudadanos.
Además, Hume considera que “(…) todos los gobiernos se basan en estos tres conceptos del interés público, el derecho al poder y el derecho de propiedad y en ellos se funda también toda autoridad de los pocos sobre los muchos”[13].
Respecto a los principios del derecho, afirma Hume que se basa en la costumbre y que los hombres defienden esos principios apoyándose en la tradición, pero en cuestiones de intereses, forma cada uno su propio partido o se alía a otros con intereses semejantes, por lo que es mejor respetar la tradición que imponer nuestros intereses, según entiende Hume.
4. Del origen del gobierno.
“El hombre, nacido en el seno de una familia, ha de mantener la vida social por necesidad, inclinación natural y hábito. Esa misma criatura, a medida que progresa, se ve impelida a establecer la sociedad política, a fin de administrar justicia, sin la cual no puede haber paz, seguridad ni relaciones mutuas. Debemos, pues, considerar que toda la vasta máquina de nuestro gobierno no tiene en última instancia otro objeto a propósito que administrar justicia (…)”[14].
Por otro lado, “los hombres deben tratar de paliar lo que no pueden remediar. Han de instituir ciertas personas que, con el nombre de magistrados, tengan por peculiar oficio señalar los dictados de la equidad, castigar a los transgresores, corregir el fraude y la violencia y obligar a los hombres, mal que les pese, a atender a sus intereses verdaderos y permanentes. En una palabra, la obediencia es un nuevo deber inventado para apuntalar el de la justicia, y los compromisos de la equidad han de ser reforzados por los de la subordinación”[15]. A mi entender, es claro que el gobierno sostiene a la justicia y ésta es un órgano dependiente de los mandatarios de turno, no habiendo separación e independencia entre los dos poderes. El deber de respeto de la ley se ve así subordinado al de la obediencia al gobierno, con el peligro de que el gobierno se vea absuelto de todas sus faltas contra la ley y su actuar delictivo sea impune.
Sin embargo, establece Hume una distinción entre la justicia y la política: “hallamos que el orden de la sociedad se mantiene mucho mejor por medio del gobierno, mientras que nuestro deber hacia el magistrado es más estrictamente guardado por los principios de la naturaleza humana que nuestro deber hacia nuestros conciudadanos. El amor al mando es tan fuerte en el corazón del hombre que muchos no sólo sucumben a él, sino que anhelan los peligros, fatigas y desvelos del gobierno, y una vez elevados a esa condición, aunque a menudo por el acicate de sus pasiones personales, suelen encontrar un visible interés en la administración imparcial de la justicia”[16]. Con la justicia, los hombres tienden a cumplirla; con la política, a anhelarla. A mi entender, lo dice Hume, porque nadie quiere ser castigado por la justicia, pero sí quieren atender sus intereses por medio de la política. Entonces, para Hume, la política sería un equilibrio de intereses entre ciudadanos con fines distintos.
5. De los partidos en general.
“De cuantos hombres se distinguen por hazañas memorables, el lugar de honor corresponde a los legisladores y a los fundadores de estados, que transmiten un sistema de leyes e instituciones dirigidas a asegurar la paz, la felicidad y la libertad de las generaciones futuras. (…) Si los legisladores y fundadores de estados deben ser honrados y respetados, no menos merecen ser detestados los fundadores de castas y facciones; porque la influencia de estas divisiones se opone directamente a la de las leyes. Las facciones subvierten el gobierno, hacen las leyes impotentes y engendran las más fieras animosidades entre hombres de una misma nación, que se deben ayuda y protección mutua. (…) Las facciones pueden dividirse en personales y reales, es decir, en aquellas fundadas en la amistad o enemistad personales de quienes las componen y aquellas otras basadas en alguna diferencia auténtica de opinión o intereses. (…) en las facciones basadas en las diferencias más reales y materiales se observa siempre una gran proporción de animosidad o afecto personales. Pero a pesar de esta mezcla, un partido puede ser calificado de personal o real de acuerdo con el principio que en él predomina y ejerce mayor influencia”[17].
“Los hombres tienen tal propensión a dividirse en facciones personales que la más leve apariencia de diferencias auténticas las provoca. (…) Cuando los hombres se alistan en bandos opuestos, cobran afecto a las personas de que se han rodeado y odio a sus antagonistas; y estas pasiones se transmiten con frecuencia a su posteridad”[18].
“Las facciones reales pueden obedecer al interés, al principio o al afecto. De todas ellas, las primeras son las más razonables y excusables. Cuando dos órdenes de personas, tales como la nobleza y el pueblo, tienen cada uno su propia autoridad en un sistema de gobierno no equilibrado y conformado con gran tino, obedecen inevitablemente a intereses distintos, no cabe considerar otra cosa si consideramos el grado de egoísmo de la naturaleza humana. (…) Los diversos estamentos humanos, nobles y pueblo, soldados y comerciantes, tienen allí intereses distintos; pero los poderosos oprimen a los débiles con impunidad, por no ser posible la resistencia, y esto es lo que da apariencia de tranquilidad bajo tales gobiernos”[19].
En segundo lugar, “los partidos basados en los principios, especialmente en los de carácter especulativo y abstracto, sólo han existido en los tiempos modernos (…). (…) Cada cual desea lo más justo con arreglo a su criterio. Pero cuando la diferencia en los principios no acarrea enfrentamientos en la acción, sino que cada cual puede seguir su camino sin estorbar el del prójimo, como sucede en las controversias religiosas, ¿qué furia puede engendrar divisiones tan infortunadas y fatales? (…) Pero es tal la naturaleza del espíritu humano que ha de enredarse con cada semejante que se le acerca, y así como se siente maravillosamente confortado por la unanimidad de pareceres, se sorprende y turba al verse contradicho. De aquí la vehemencia con que la mayoría de la gente discute, y de aquí la impaciencia ante cualquier oposición, aún en las materias más especulativas y ajenas”[20].
En tercer lugar, “por partidos afectivos entiendo los fundados en la adhesión de las gentes a determinadas familias y personas, por quienes desean verse gobernadas. Estas facciones son a menudo muy violentas, aunque pueda parecer inexplicable que alguien profese una adhesión tan fuerte a personas con las que no le une el menor conocimiento, a las que quizá no vio nunca y de quienes no ha recibido ni puede espera recibir favor alguno”[21].
Por otro lado, Hume afirma que, “(…) aunque todos los tipos de gobierno han mejorado en nuestra época, es el monárquico el que más parece haber adelantado en su perfección. Hoy puede decirse de las monarquías civilizadas lo que antes era alabanza exclusiva de las repúblicas: que en ellas gobiernan las leyes, no los hombres. Ofrecen orden, método y constancia en modo sorprendente, y allí la propiedad está segura, se fomenta la industria, florecen las artes y el príncipe vive tan apaciblemente entre sus súbditos como un padre entre sus hijos”[22]. Y a continuación, afirma Hume: “me inclino a pensar que en los gobiernos monárquicos hay una causa de mejora y en los gobiernos populares, otra de degeneración, que con el tiempo aproximarán más aún ambas especies de política civil”[23].
Asimismo, “no hay método más efectivo para promover un fin tan loable que el evitar cualquier insulto y humillación de un partido por otro, alentar las opiniones moderadas, hallar el justo medio en todas las disputas, persuadir a cada uno de que su antagonista puede tener a veces la razón y mantener el equilibrio en las alabanzas y las censuras que dedicamos a cada bando”[24].
Pero Hume pone a la libertad como uno de los bienes más preciados por los que vale el esfuerzo luchar y, una vez que se la posee, conservar, porque “la libertad es un bien inestimable que siempre que surja una oportunidad para recobrarla, una nación puede aceptar los mayores riesgos, y no debe retroceder ni ante la mayor efusión de sangre y el despilfarro de riqueza”[25].
6. Del contrato original.
Hume señala que existían dos clases de teorías acerca de la fundamentación del gobierno en su época: unos eran “(…) de los partidos, al referir al gobierno a la Divinidad, trata de hacerlo tan sagrado e inviolable que, por tiránico que llegue a mostrarse, resulte poco menos que sacrílego atreverse a tocarlo en lo más mínimo. El otro, al fundar totalmente el gobierno en el consentimiento del pueblo, supone la existencia de una especie de contrato original por el que los súbditos se han reservado tácitamente la voluntad de resistir a su soberano siempre que se vean agraviados por la autoridad que para ciertos fines le han confiado de modo voluntario”[26].
Por otro lado, Hume rechaza la concesión del poder por mandato divino. “Que la Divinidad es el origen último de todo gobierno nunca será negado por quien admira una Providencia y crea que todos los acontecimientos del universo obedecen a un mismo plan encaminado a fines superiores. (…) Las mismas causas que hicieron nacer el poder soberano en los estados establecieron en ellos las jurisdicciones menores y todas las diversas autoridades. En consecuencia, un guardia actuará por mandato divino lo mismo que un rey, y poseerá un derecho no menos inviolable. Cuando consideramos cuán parecidos son todos los hombres en lo general, e incluso en sus potencias y facultades mentales, hasta que la educación las cultiva, hemos de conceder que sólo su consentimiento pudo en un principio asociarlos y sujetarlos a una autoridad. (…) La fuerza natural de un hombre reside sólo en el vigor de sus miembros y lo firme de su valor, y nunca bastaría para sujetar a la multitud al mando de uno solo. Sólo el consentimiento y la conciencia de los beneficios resultantes de la paz y el orden, pudieron lograr esos efectos”[27].
Por el lado del contrato original, afirma Hume que no sería válido para los hijos si estos no lo consintieran, porque lo aceptado por los padres debería ser ratificado por los sucesores. Pero en una misma Nación ha pasado mucho tiempo entre los fundadores de la misma y sus actuales habitantes y los cambios que esa Nación ha sufrido haría que esa autoridad no sea la misma. Además, no existe en la historia que los ciudadanos hayan ratificado los contratos establecidos por los fundadores de sus respectivas naciones[28]. A esto se agrega que “casi todos los gobiernos que hoy existen, o de los que queda recuerdo en la historia, fueron originalmente fundados sobre la usurpación o la conquista, cuando no sobre ambas, sin ninguna pretensión de libre consentimiento o sujeción por parte del pueblo”[29].
Por parte de las elecciones a las que deriva el sistema contractualista, afirma Hume que “(…) no hay nada tan terrible como la total desaparición del gobierno, que deja en libertad a la multitud, y hace depender la constitución o elección de un nuevo régimen de una gran parte de la población, pues nunca llegarán a intervenir todos”[30].
Sin embargo, afirma Hume que no es su “(…) intención excluir el consentimiento del pueblo como justa causa de gobierno. Donde se da es sin duda la mejor y la más sagrada. Lo que afirmo es que se da muy rara vez, y casi nunca plenamente; y, en consecuencia, hay que admitir también otros fundamentos para el gobierno. (…) si todos los hombres se hallasen dotados de un entendimiento tan perfecto que conocieran siempre sus verdaderos intereses, no se hubieran nunca avenido a otra clase de gobierno que la fundada en el consentimiento y constituida con plena participación de todos los miembros de la sociedad; pero tal estado de perfección es igualmente superior a la naturaleza humana”[31].
También a estos argumentos se agregan el hecho de que la sociedad renueva constantemente sus miembros y todos ellos no hacen más que someterse a la autoridad vigente, no establecen nuevos pactos, sino que deben aceptar lo ya establecido en tiempos de sus padres[32].
Desde el punto de vista del deber, Hume también quiere refutar al consentimiento originario universal, porque “nuestros instintos primarios nos llevan a concedernos una libertad ilimitada o tratar de dominar a los demás; y sólo la reflexión hace que sacrifiquemos tan fuertes pasiones al interés de la paz y del orden público. Un mínimo de experiencia y observación basta para mostrarnos que la sociedad no puede sostenerse sin la autoridad de los magistrados, y que esta autoridad no tardará en ser despreciada donde es rigurosamente obedecida. (…) los hombres no podrían vivir en sociedad, o al menos en una sociedad civilizada, sin leyes, magistrados y jueces que impidan los abusos de los fuertes sobre los débiles, de los violentos sobre los justos y equitativos. Y si la obligación de obediencia tiene la misma fuerza y autoridad que la fidelidad, nada ganamos reduciendo la una a la otra. Los intereses y necesidades generales de la sociedad bastan para implantar ambas”[33].
“El único pasaje que encuentro en los antiguos en el que la obligación de obedecer al gobierno se deriva de una promesa se lee en el Critón de Platón, donde Sócrates se niega a escapar de la cárcel porque había prometido tácitamente obedecer a las leyes”[34].
NOTAS
[1] HUME, David, Ensayos políticos, Tecnos, trad. por César Armando Gómez, Madrid, 1994, c. I, p. 3.
[2] Ibid., pp. 4-5.
[3] Ibid., p. 5.
[4] Ibid., c. II, p. 8.
[5] Ibid., p. 9.
[6] Ibid.
[7] Ibid., p. 11.
[8] Ibid., p. 10.
[9] Ibid., p. 11.
[10] Ibid., pp. 11-12.
[11] Ibid., p. 15.
[12] Ibid., p. 16.
[13] Ibid., c. III, p. 22.
[14] Ibid., c. IV, p. 26.
[15] Ibid., p. 27.
[16] Ibid.
[17] Ibid., c. VII, pp. 43-44.
[18] Ibid., p. 45.
[19] Ibid., p. 46.
[20] Ibid., p. 47.
[21] Ibid., p. 49.
[22] Ibid., c. X, p. 71.
[23] Ibid., p. 72.
[24] Ibid., c. XIV, p. 120.
[25] Ibid., c. XIV, p. 121.
[26] Ibid., c. XII, p. 97.
[27] Ibid., pp. 98-99.
[28] Cf. Ibid., p. 101.
[29] Ibid.
[30] Ibid., p. 102.
[31] Ibid., p. 104.
[32] Cf. Ibid., pp. 106-107.
[33] Ibid., pp. 109-110.
[34] Ibid., p. 115.

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